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el sabroso oficio / del dulce mirar Góngora - Wie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

viernes, 4 de septiembre de 2015

Adiós a Carlos Sahagún



El pasado 28 de agosto murió el poeta Carlos Sahagún. Hacía mucho, mucho tiempo que no lo leía, y a raíz de la noticia, estoy releyendo algunos de sus versos, como estos.

Sit tibi terra levis.





Aquí empieza la historia. Fue una noche
en que se habían puesto las palomas
más blancas, más tranquilas. Como siempre
salí al jardín. Alrededor no había
nadie: la misma flor de ayer, la misma
paz, las mismas ventanas, el sol mismo.
Alrededor no había nadie: un árbol,
un estanque, ceniza de aquel monte
lejano. Alrededor no había nadie.
Pero ¿qué es este viendo, quién me coge
el corazón y lo levanta en vilo? Una
muchacha azul en la orfandad del aire
ordenaba los pájaros. Sus manos
acariciaban con piedad el árbol,
y el estanque, y aquel lejano monte
ceniciento. El jardín ardía al sol.
La miré. Nada. La miré de nuevo,
y nada, y nada. Alrededor, la tarde.


* * * * * * * * * *


Soneto

Están doblando a madre las campanas
y el corazón está sonando a llanto.
Un niño, en los senderos del espanto,
huye a unas faldas limpias y lejanas.

El pasado nos abre las ventanas
y penetran sus sombras con el canto.
Al niño de mi historia lo levanto
hasta la luz de todos los mañanas.

Están doblando a madre las palmeras
de mi ciudad. Y yo, en Madrid. Tan lejos
que se me perderán en el camino

todas estas palabras verdaderas.
Madre en el fondo azul de los espejos
de este hotel, donde el llanto es clandestino.




Carlos Sahagún es un poeta español, nacido el 4 de junio de 1938 en Alicante. A los 24 años dejó su ciudad para completar la carrera de Filosofía y Letras en Madrid, donde tiempo después obtuvo la licenciatura en Filología Románica. Trabajó como Catedrático de Lengua y Literatura Española en diversas universidades, y estuvo a cargo de la planificación del programa de enseñanza de español y de los exámenes orales en la Universidad de Exeter, Inglaterra. Ha recibido importantes premios, como son el Nacional de Poesía, el Adonais y el Boscán.

Su poesía se caracteriza por poseer una estructura formal y balanceada; sea que hable de la tierna infancia como de las dificultades de la vida adulta, o incluso en poemas donde los elementos racionales escasean en pos de figuras propias de los sueños y la fantasía, el paso del tiempo parece ser una carga de la cual el escritor no ha sabido deshacerse. También se notan en sus versos las cicatrices propias de quien ha vivido la Guerra Civil y la posguerra, a pesar de haber nacido en medio de dicho conflicto. Entre sus libros publicados, encontramos "Hombre naciente", "Profecías del agua" y "Como si hubiera muerto un niño".


(Datos y primer poema: Poemas del alma). El soneto, en A media voz, donde puede leerse casi una treintena de sus poemas)



"Carlos Sahagún, un poeta en la frontera", de Ángel Luis Prieto de Paula, en POEMAD, revista de poesía.




jueves, 3 de septiembre de 2015

Manuel Rivas - El grito de un olivo




EL GRITO DE UN OLIVO

Iciar Bollaín está rodando este verano una nueva película en la que el protagonista principal es uno de los personajes más fascinantes del universo: un olivo. La historia de un árbol milenario arrancado de un olivar del Bajo Maestrazgo, en el Mediterráneo, para ser replantado como adorno en Düsseldorf, Alemania.

Ella dice que tiene la forma de un cuento. Un cuento con un principio de realidad sobre lo que ha pasado en este país y en Europa en los últimos años. Y un cuento que sueña. Somos sombras que sueñan. Bravo. Necesitamos cuentos, esas historias que germinan en la memoria profunda como las raíces del olivo. El olivo se puede amputar, quemar, pero si conserva las raíces, rebrota. El cuento es ese lugar donde se desnace y renace. Una penumbra tocada por la luz. Nabokov defendía que el origen de la gran ficción, literatura o cine, estaba en cuentos primitivos como el del pastor y el lobo. En esos cuentos germinales estaban muy presentes el peligro, la injusticia y el miedo. Sobre todo un tipo de miedo que atraviesa la historia y corroe las entrañas: el miedo al abandono.

Ese es el sentimiento que desgarra al abuelo Luis, el patriarca de la familia que se desprendió del olivo. Lo vendieron contra su voluntad, por el valor de un pequeño alivio en tiempo de crisis. El viejo se ha quedado desgajado de la tierra: a-terrado. No habla. Finalmente, tampoco come. En el “cuento” de El olivo, con guion de Paul Laverty, aparece una heroína contemporánea, Alma (Anna Castillo), la nieta de Luis. Una muchacha de aire punk, que trabaja en una granja de cría de pollos, frágil y fuerte a la vez, que con la complicidad de otra víctima de la crisis, su tío Alcachofa (Javier Gutiérrez), se atreve a la “transgresión” y a la “prueba” de intentar recuperar el “objeto mágico desaparecido”. Y eso exige una “partida”. Plantarse en Alemania.

El olivo es un personaje real y un símbolo. Solo le falta hablar para ser un testigo de cargo. O habla a su manera. Hablar hablan en el Paisaje con olivos, de Vincent Van Gogh. Son árboles que se retuercen y gritan como lo hace el humano en El grito, del pintor noruego Edvard Munch.

En el lenguaje religioso, en la época medieval, se distinguía entre el sermón humilde y el sermón sublime. La sensación que tenemos ante un árbol, y más ante un viejo árbol, es que es una expresión de lo humilde y lo sublime a la vez. Hay una gran verdad en comparar la arquitectura de un buen árbol con una catedral. Hay una voluntad de unir cielo y tierra. Y todavía mejor se alberga una nube de estorninos: Murmuration le llaman los ingleses a esa insigne bandada. La visión de un árbol caído, abatido, aunque sea por una decisión motivada, resulta inquietante para la mirada humana. El de “No hacer leña del árbol caído” es uno de los mejores logros éticos del refranero español, aunque es lástima que predomine la escuela vejaminista de “A perro flaco, todo son pulgas”.

“La patria del hombre es la infancia”. Es muy célebre y celebrada esta definición del poeta alemán Rilke, pero a mí me convence más la del poeta canario Nicolás Estévanez Murphy que tuvo la valentía de escribir: “Mi patria no es el mundo; / mi patria no es Europa; / mi patria es de un almendro / la dulce, fresca, inolvidable sombra”. Y eso que Estévanez, hay que decirlo, además de ministro de la Primera República, fue un pionero europeísta en el exilio. Pero digo lo de valentía poética porque hubo muchos que le tomaron el pelo con la sombra del almendro. Entre ellos, Miguel de Unamuno, que después de visitar en La Laguna la casa nativa del poeta y el almendro, va y escribe: “¡Pobre del que no tiene otra patria que la sombra de un almendro! Acabará por ahorcarse en él”. No creo que ni Estévanez ni el almendro se mereciesen semejante hostialidad.

Los árboles son buena gente. Podríamos tomar por excepción bélica la del bosque de Birnam, que se mueve en la noche, justiciero, hacia el castillo de Macbeth. A lo largo de la historia, siempre ha ocurrido lo contrario. Es lo que podríamos llamar la “violencia catastral”. Los olivos han sido víctimas frecuentes. No sé si un olivo es una patria, pero una excavadora arrancando de raíz un campo de olivos es, además de una barbaridad ecológica, una profunda humillación que se lleva todo por delante: la sombra, la patria y hasta la infancia.

También el cine es como un olivo. Hay que tener mucho cuidado con lo que se arranca.

Manuel Rivas


(El País, 30 de julio de 2015)




(Fotografía de Paula Giménez - Flickr)




Keira Knightley en 'Expiación'







martes, 1 de septiembre de 2015

Eugénio de Andrade - "Vastos campos"




VASTOS CAMPOS

Vou fazer-te uma confidência, talvez tenha já começado a envelhecer e o desejo, esse cão, ladra-me agora menos à porta. Nunca precisei de frequentar curandeiros da alma para saber como são vastos os campos do delírio. Agora vou sentar-me no jardim, estou cansado, Setembro foi mês de venenosas claridades, mas esta noite, para minha alegria, a terra vai arder comigo. Até ao fim.

Eugénio de Andrade












(Fotografía de A. Paulo C. M. Oliveira)



lunes, 31 de agosto de 2015

"Y yo pedí, / grité que por favor que no volviéramos / nunca, nunca jamás a casa."



El otro día me acordé de estos versos, pertenecientes al poema Conversaciones poéticasde Jaime Gil de Biedma, que este dedico a su amigo Carlos Barral, "amante de la estatua".

¿Cómo no suscribirlos?



                                  No sé si la bebida
sola nos exaltó, puede que el aire,
la suavidad de la naturaleza
que hacía más lejanas nuestras voces,
menos reales, cuando rompimos a cantar.
Fue entonces ese instante de la noche
que se confunde casi con la vida.
Alguien bajó a besar los labios de la estatua
blanca, dentro en el mar, mientras que vacilábamos
contra la madrugada.
Y yo pedí,
grité que por favor que no volviéramos
nunca, nunca jamás a casa.










(Playa de Formentor. Fotografía de Norbert W.)




Una foto de Meg Elizabeth




Adiós, agosto; adiós, verano...






Gabi Poraí y Márcia con JP Simões - A pele que há em mim



A pele que há em mim, una misma canción con dos acentos: desde el otro lado del Atlántico, con Gabi Poraí, y desde este, con Márcia y JP Simões.


A PELE QUE HÁ EM MIM

Quando o dia entardeceu
E o teu corpo tocou
Num recanto do meu
Uma dança acordou
E o sol apareceu
De gigante ficou
Num instante apagou
O sereno do céu

E a calma a aguardar lugar em mim
O desejo a contar segundo o fim.
Foi num ar que te deu
E o teu canto mudou
E o teu corpo do meu
Uma trança arrancou
O sangue arrefeceu
E o meu pé aterrou
Minha voz sussurrou
O meu sonho morreu

Dá-me o mar, o meu rio, minha calçada.
Dá-me o quarto vazio da minha casa
Vou deixar-te no fio da tua fala.
Sobre a pele que há em mim
Tu não sabes nada.

Quando o dia entardeceu
O teu canto mudou
O teu corpo no meu
Uma dança acordou
E o sol apareceu
E o meu pé aterrou
Num instante apagou
O meu sonho morreu.