el sabroso oficio / del dulce mirar

Góngora

miércoles, 29 de julio de 2009

Miles de ojos cegados (Juan Eduardo Zúñiga)

MILES DE OJOS CEGADOS

¡Qué vulnerables han sido los ojos humanos!

Peligros incontables les han acechado y por su misma fragilidad han sido objeto de constantes ataques. En cuanto arreciaba una guerra, una conjura, unos odios o un desdén, los ojos -los bellos y delicados ojos de algún hombre o mujer- eran rajados con puntas aguzadas o carbonizados al contacto de un hierro al rojo.

La furia humana tendió espontáneamente a golpear el corazón o los ojos, y así equiparó en importancia a los dos órganos por los que se manifiesta la fuerza de la vida. La cólera se revuelve contra los ojos; la envidia, el rencor, el despotismo, han sido enemigos de los ojos acusadores. Al dictarse una sentencia de muerte se condenaba no a un cuerpo humano sino a dos globulillos de materia blanda, de irisaciones delicadas pero de inquietante fijeza e insistencia.

La mirada ajena es como si fotografiase nuestros actos, que ya no podremos negar: hemos sido vistos y esto da carácter público e histórico a lo que hemos hecho y que quisiéramos que nadie supiera. Por eso el ojo ha sido perseguido porque era un motivo más de angustia y recelo, por ejemplo, ese ojo divino, encerrado en un triángulo, que aparece en el cielo en momentos terribles, según se ve en las láminas de libros piadosos. En la reunión en la que un dictador bananero firma el acuerdo con la Fruit Company, un reportero le enfoca con su cámara: el general levanta la cabeza airado, teme que la foto se divulgue por medio de ese otro ojo inexorable de durísimo vidrio y bordes de acero que capta la avaricia, la crueldad. Igual que a este siniestro personaje, cubierto de condecoraciones, las manos sucias de haber matado, todo queda reflejado en el cristalino, y la más perfecta y prodigiosa cámara, como es la memoria, ha ido recibiendo y archivando cuantos actos realizó el ser humano en presencia de otros.

La historia guarda el recuerdo de una condena a ceguera colectiva en el siglo X, época bárbara que justifica en parte tal decisión pero que no sería ni la primera ni la última. Fue ésta la de un emperador griego, después de una batalla entre búlgaros y bizantinos, en la que la suerte socorrió a estos últimos y les dio la victoria. El emperador Basilio II mandó cegar a los prisioneros, y no sería demasiado aventurado pensar que el monarca habría deseado alguna vez cegar a todo el mundo, a sus propios súbditos para que su poder y sus dominios, donde estaba su familia, sus favoritos, las dádivas y las venganzas, los negocios y las torturas, no tuvieran más testigos en adelante. Habría deseado acabar con los ojos que a hurtadillas vigilaban la alegre impunidad de gobernante.

Cientos de hombres, uno a uno, fueron conducidos hasta una tienda de campaña y estando dentro se oía un alarido que después seguía y seguía cuando aquel hombre era devuelto al grupo de los suyos. Por cada veinte ciegos, uno fue dejado tuerto. Se le conservó ese resto de vista para que sirviera de guía y pudieron regresar a Bulgaria.

Se formaron escuadras y se les dio la orden de marchar. Cogidos de las manos, aún manando la sangre por sus mejillas, entre lamentos y quejidos, emprendieron el regreso por los vericuetos de las montañas de Tracia.

Las crónicas cuentan que se dirigieron hacia el lugar donde estaba el zar búlgaro Samuil. Debieron de marchar bastantes días, no se sabe a costa de qué sufrimientos: muchos quedarían en los caminos, caerían por los precipicios y de ellos se encargarían los lobos. Pero, al fin, llegaron y se presentaron frente al palacio y entraron en el patio. El zar fue avisado de aquellos visitantes que no esperaba. Corrió a una ventana para verlos, contempló el espectáculo de la multitud muda, comprendió la iniquidad que habían sufrido y su corazón dejó de latir. Aferrado al alféizar de la ventana fue cayendo lentamente al suelo.

No bastaba la crueldad en sí; el monarca griego perseguía otra más refinada: no sólo inutilizaba para la guerra a aquellos hombres sino que les reducía al silencio porque el relato que pudieran hacer de la batalla, de lo sucedido, no tendría la fuerza convincente sin los ojos que diesen su intensidad a las palabras ya que las inmóviles pupilas no retendrían la atención del interlocutor.

No obstante, cuando nos imaginados al zar búlgaro cayendo fulminado en el borde de la ventana, intuimos una mayor crueldad, que él debió entender. Samuil comprendió lo que le había querido augurar su imperial enemigo: que gobernaría súbditos ciegos, los peores súbditos que puede tener un monarca. El rey de tales súbditos también participa de esa inutilidad y está condenado a igual aislamiento y ceguera.

El malvado bizantino condenaba a Samuil a gobernar hombres incompletos, la peor afrenta a un soberano. Esta precisa reciprocidad con sus gobernados, ver y crear con ellos la obra común, sentirse odiado o admirado pero no rodeado de indiferencia, de desinterés y de ojos vacíos como tienen los súbditos a los que se les ha negado o arrebatado la visión política. Basilio II anticipó formas modernas de gobierno en la barbarie de su decisión.

Juan Eduardo Zúñiga

(El País, 7-06-2003)