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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

domingo, 1 de septiembre de 2013

Julio Llamazares - El cielo de Madrid




Esta es una versión más amplia de un texto ya leído aquí. Un fragmento de la novela Cielo de Madrid, de Julio Llamazares, que fue publicado en el suplemento del diario El País el 28 de agosto de 2005.



Antes o después llega el día en el que el veraneante ha de coger sus cosas, cargarlas en el coche y despedirse de los vecinos, que, en su mayoría, también se van. Pasarán los días y las semanas, y el veraneante del interior, adaptado ya de nuevo a la rutina, comenzará a soñar con las próximas vacaciones.

El veraneante se resiste a aceptar la realidad. Sobre todo viendo que continúa el buen tiempo y que el verano sigue su curso, ajeno al oficial y al laboral.

Lo he contado muchas veces, pero lo vuelvo a contar de nuevo porque la anécdota me parece la mejor definición del verano y de la vida. Que son metáforas, a su vez, uno de otra, por más que a veces nos parezcan tan distintos.

Cuando mi padre tenía nueve o diez años, allá por los años treinta, mi abuelo, que era campesino, le prometió comprarle una gaseosa el día de la fiesta de su pueblo si les ayudaba a él y a su madre a trillar todo el verano. Para quienes ya no sepan lo que es trillar, les contaré que era una de las labores más fatigosas de la labranza, consistente en dar vueltas y más vueltas con el trillo (para quienes tampoco sepan lo que es un trillo, les diré que se trataba de una especie de trineo de madera pespunteado en su parte baja de piedras de pedernal y arrastrado por caballos o por vacas, según zonas) hasta conseguir que se desprendieran de sus espigas los granos del cereal o de sus cáscaras las legumbres. Por si faltara algo, además, la labor había que hacerla a pleno sol, con el fin de que éste contribuyera al desprendimiento del grano o de la legumbre de sus respectivas cárceles. Sobra decir, por ello, que se trataba de una labor en la que nadie quería participar, de ahí la oferta de mi abuelo, que, para aquella época y para sus posibilidades económicas, debía de ser fantástica, puesto que la gaseosa en aquellos tiempos era la novedad.

Mi padre, sobra decirlo también, aceptó el ofrecimiento de mi abuelo y, durante todo el verano, ayudó a trillar a sus padres y, así, cuando llegó la fiesta del pueblo, que era a finales de agosto, aquél cumplió su palabra y le compró la gaseosa que le había prometido y que era una de aquellas botellas de bola y cristal macizo que parecían más una bomba que un refresco veraniego y familiar. Y en tal se convirtió, según parece, pues, al decir de mi padre, que me lo contó mil veces, en cuanto el suyo abrió la botella, cosa que hizo con gran esfuerzo, la gaseosa empezó a salir con tal fuerza que a duras penas pudo beber un poco, yéndose la mayoría del contenido de la botella al suelo. Lo cual, unido a la emoción que mi padre sentía en aquel momento y a la propia fuerza de la gaseosa, que, por lo que se ve, no esperaba ni imaginaba (seguramente aquélla era la primera gaseosa que iba a beber en su vida), mi padre empezó a llorar y lo que presumía sería el mejor momento de aquel verano se convirtió, por el contrario, en el peor, para su desolación y la de mi abuelo, que tanto había esperado y deseado que llegara aquel momento.

Caprichos del calendario

La anécdota, ya digo, la he contado muchas veces y la recuerdo al final de cada verano porque es la mejor metáfora de la fugacidad de éste y aun de la de nuestra propia vida. Fugacidad que aumenta con el paso de los veranos y de los años y que se hace más perceptible cuando, a finales de agosto, el veraneante (del interior y del exterior, que en esto son parecidos) comienza a vislumbrar el fin de sus vacaciones y el regreso a la ciudad y, con él, ¡ay!, la vuelta al trabajo y a la rutina. Por la megafonía de las piscinas o por la televisión continúan sonando las canciones de moda del verano, pero entre ellas se cuelan ya anuncios que le recuerdan el final de éste, como los de la ropa de otoño-invierno, que ya le espera en las tiendas, o las de los libros de texto de los hijos, que cambian, ya se sabe, cada curso. El veraneante hace como que no los oye, pero en su subconsciente se van almacenando sus sonidos y dejando en su corazón un poso de melancolía que aumenta a medida que se va agosto y, sobre todo, cuando septiembre asoma en el calendario y, con él, el regreso a la gran ciudad. A veces éste se retrasa algunos días, por mor de las coincidencias y los caprichos del calendario, pero eso apenas sirve para prolongar la angustia y la melancolía del veraneante, que se resiste muchas veces a aceptar la realidad. Sobre todo viendo que continúa el buen tiempo y que el verano sigue su curso, ajeno al oficial y al laboral.

Pero, inevitablemente, llega el momento de la despedida. Inevitablemente, antes o después llega el día en el que el veraneante ha de coger sus cosas, cargarlas en el coche y despedirse de los vecinos con los que ha compartido las vacaciones y que, en su mayoría, se van también, como él. Otros, los menos, se quedan, bien porque viven en el pueblo o porque, con mayor fortuna (jubilados o con profesiones raras), pueden prolongar aquéllas, pero, aunque le dan envidia, en el fondo le producen también pena, unos por el invierno y el abandono que les espera y otros porque prolongan tanto sus vacaciones que, al final, no las valoran lo suficiente. O eso cree el que se marcha, por lo menos. Así le hace pensarlo la resignación con la que le despiden y su propia melancolía, que imagina ha de ser mayor en ellos, por cuanto, al fin y al cabo, son los que se quedan solos. El veraneante del interior, aunque le disgusta que se terminen sus vacaciones, regresa a una ciudad llena de vida, mientras que el lugar de aquéllas vuelve al olvido en que ha estado siempre. Un olvido que sólo los que viven en él todo el invierno y los que, por la razón que sea, prolongan sus vacaciones más de lo natural saben lo que significa.

Pero, aparte de la pena que le da dejar el sitio, el veraneante del interior siente una melancolía aún más especial. Mientras carga en el coche su equipaje, mientras se despide de sus vecinos y de la casa de sus antepasados, mientras por el retrovisor del coche ve cómo quedan atrás el pueblo y sus sueños de felicidad, el veraneante del interior siente que, una vez más, el verano se le ha ido de entre las manos sin haberlo aprovechado lo suficiente. O por lo menos no como le habría gustado. Durante todo el año lo esperó con impaciencia, durante meses y meses soñó con él y con lo que significa, durante días y días imaginó todo lo que haría en esos días interminables, y, cuando por fin llegó, se convirtió, como siempre, en una gaseosa que explotó súbitamente con una fuerza tan desusada que apenas le dio tiempo de aprovecharlo mínimamente. Como a mi padre con la que le compró el suyo, al veraneante las vacaciones se le han ido un año más de entre las manos y, por eso, siente ahora, en el momento de la despedida, una doble y brutal melancolía: la que le produce el final de aquéllas y la que le causa el comprobar una vez más que el verano y la vida son un montón de espuma que apenas alcanzamos a saborear a veces, de tan fugaz como es todo a nuestro alrededor. Y, por eso, cuando llega a la ciudad después del viaje, se agarra a ésta como a un salvavidas, convencido de que es su sitio y donde en el fondo tiene todo un sentido mayor, y no el lugar de las vacaciones, que al fin y al cabo es un espejismo, al menos ya para él.

Volver a soñar

Pero pasarán los días y volverá a soñar otra vez con las vacaciones. Pasarán los días y las semanas, y el veraneante del interior, adaptado ya de nuevo a la rutina, comenzará a soñar con las próximas vacaciones y con el momento en el que, al revés que ahora, cargue las cosas en el maletero, cierre la casa de la ciudad y emprenda de nuevo un viaje que es, a la vez, iniciático y de retorno. Iniciático porque cada año se renueva, al menos en la ilusión, y de retorno porque es el mismo de siempre, sólo que con otra fecha en el calendario. De ahí que, cuando se va, tanto en una dirección como en la otra, a pesar de la ilusión o de la melancolía que embarga sus sentimientos en ese instante, el veraneante siente que está cumpliendo con un rito y quizá también con una promesa. La que le hizo a sus padres, como el mío a mis abuelos, de trillar todo el verano a cambio de una gaseosa, que es lo que es el verano y quizá también nuestra vida.