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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

sábado, 15 de marzo de 2014

Antonio Muñoz Molina - La tierra en que se muere

Tumba de Hannah Arendt en el cementerio del Bard College,
en Annandale-on-Hudson (Nueva York).




A dos horas en tren de Nueva York, hacia el norte, en un paraje de bosques desde el que puede verse desde arriba la anchura del río Hudson, hay un pequeño cementerio en un claro entre grandes robles, un cementerio sin tapias en el que las tumbas están repartidas desordenadamente, algunas con cruces, o con estrellas de David, o sin ningún símbolo religioso, lápidas de piedra o mármol alzadas sobre el suelo; otras son placas horizontales en torno a las que crecen las hierbas jugosas del verano, y que en otoño desaparecen bajo las hojas caídas. En ese cementerio, que pertenece a la universidad de Bard, un amigo me señaló hace unos años dos simples losas con dos nombres, las dos iguales, tan sencillas y tan gastadas ya por el paso del tiempo que habría sido fácil no verlas. Sobre ellas había esas piedras que los visitantes dejan como recuerdos en las tumbas judías. Cada una tenía inscrito un nombre, la fecha del nacimiento y la de la muerte, el lugar del origen y el del final.

Hannah Arendt

Hannover, 1906-New York, 1975

Heinrich Blücher

Berlin, 1899-New York, 1970

No hace falta más información: en esas fechas y en los nombres de los lugares están resumidos una parte de la tragedia colectiva del siglo XX y los destinos de dos de sus protagonistas, la gran diáspora que los llevó a vivir y a morir tan lejos de donde habían nacido. En esas tumbas está resumido el exilio, pero también el hallazgo de un refugio, el agradecimiento por una hospitalidad. Hannah Arendt escapó de Berlín en 1933 y anduvo dando tumbos por una Europa que capitulaba sucesivamente ante el totalitarismo hasta que pudo huir desde la Francia ocupada a Estados Unidos en 1941. En Nueva York ella y su marido se hicieron una nueva vida y se integraron con una brillantez extrema en la atmósfera ilustrada de la ciudad, en la que se combinaban admirablemente las figuras autóctonas con los fugitivos europeos, creando entre todos un formidable esplendor cultural cuyas resonancias no se han extinguido (la New York Review of Books es uno de los legados de ese tiempo). Para quienes habían atravesado Europa huyendo de la persecución y el derrumbe, un campus como el de Bard College tendría algo de improbable espejismo: la majestad tranquila de los bosques, la anchura del río, los edificios universitarios dispersos entre arboledas y praderas. A mí esos lugares me sirvieron para inventar a un arquitecto exiliado español que habría sido más o menos coetáneo de Arendt y Blücher, y que habría podido cruzarse con ellos por los claustros de Bard, o haberlos visto entre los invitados a uno de los parties formales que puntearían la vida académica.

Años después, una tarde deshabitada de octubre, me encontré dando un paseo por Hannover. Había llegado en tren desde Hamburgo. La ventana de mi habitación daba a un parque en el que los castaños ya se habían puesto amarillos. Quedaba algo de sol pero ya había un frío húmedo en el aire. Desde mi ventana vi, en un banco del parque, a una pareja de novios o casi novios que se hablaban acercándose mucho y se tomaban de las manos, como novios españoles de hacía cuarenta años. Él tenía el pelo muy negro y rizado y los ojos grandes, y ella, muy morena también, llevaba un velo ajustado a la cara, aunque también unos pantalones vaqueros.

Paseé por una calle ancha, con edificios simples y muy atractivos, de esa arquitectura tantas veces magnífica de los años cincuenta que se ve en Alemania. Uno la contempla con curiosidad y admiración, y entonces surge como un relámpago la pregunta sobre lo que habría antes en esas mismas calles, sobre las cordilleras de escombros que dejaron los bombardeos. Por una calle estrecha, tranquila, con edificios más antiguos, llegué a la tapia de lo que parecía un cementerio. Por encima de ella, en la luz declinante, vi altas tumbas de piedra oscura, rudas y verticales como dólmenes, como troncos de árboles en un bosque, rodeadas de árboles que las sumían prematuramente en una sombra de anochecer. Di la vuelta a la tapia buscando una entrada. Solo encontré una puerta estrecha cerrada con barrotes, con cerrojos y candados herrumbrosos. Junto a ella había un cartel que más o menos pude descifrar: el lugar era un antiguo cementerio judío.

Entonces me acordé del otro cementerio, tan lejos, en el que estaba enterrada una nativa de Hannover, y tuve de golpe, quizá inducido por la fragilidad sentimental del que viaja solo, una intuición física de toda la distancia que había entre un lugar y otro, entre esa ciudad alemana bella y silenciosa en el declive de la tarde y la otra, la Nueva York en la que había brillado Hannah Arendt, pero en la que no había querido ser enterrada. Un hilo une sobre los mapamundis esos nombres tan distantes: la lejanía misma es un monumento más expresivo que cualquier inscripción. Quien visite esas tumbas habrá repetido una parte de la peregrinación de los que yacen en ellas.

De vez en cuando, con obtusa machaconería, una lumbrera de la política decide condecorarse con la iniciativa de devolver a España los restos de alguno de nuestros grandes muertos, los que están enterrados fuera porque tuvieron que huir de su país y del odio homicida de algunos de sus paisanos, los que recibieron ingratitud a cambio de su generosidad y ofendieron con su talento o con su coraje a ese tipo de español terrible que, en palabras de Luis Cernuda, “acecha lo cimero / con la piedra en la mano”. Desprecian la inteligencia, el saber y las artes, desamparan los derechos legítimos de quienes se dedican a ellas, cierran las bibliotecas, arruinan la ciencia con recortes y el teatro y el cine con impuestos, protegen la nadería, celebran las baratijas del folklorismo identitario. Pero eso sí, de vez en cuando adoptan una expresión pensativa y sublime y declaran que ha llegado el momento de reparar una injusticia histórica, que hay que traer los despojos de Manuel Azaña de Montauban y los de Antonio Machado de Collioure, que hay que seguir buscando los huesos de García Lorca, o abrir la tumba de Margarita Xirgu en Montevideo, o la de Pedro Salinas en Puerto Rico. Imaginan, supongo, procesiones pomposas, reportajes propagandísticos en televisiones oficiales, discursos de ministros, consejeros, viceconsejeros, todos ellos redactados en la adecuada prosa poética por escribas en nómina, catafalcos suntuosos.

El sitio de Antonio Machado no está en Sevilla ni en Baeza ni en Soria: está en Collioure igual que el de Manuel Azaña en Montauban, y que el de Walter Benjamin en Portbou, y el de Hannah Arendt en una pradera en un bosque cerca del río Hudson. García Lorca está en una fosa común y el barranco de Víznar es su monumento funerario, la brecha de una herida que no se puede cerrar. Si quieren hacer algo por la memoria de Antonio Machado que abran las escuelas a una educación rigurosa y democrática como la que él soñaba. Y, ya puestos, que remedien el abandono vergonzoso en el que se hallan, en Baeza, el paseo de Antonio Machado y el monumento a su memoria.

Antonio Muñoz Molina


(Babelia, El País. 15 de marzo de 2014)