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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

viernes, 18 de abril de 2014

Adiós a García Márquez

García Márquez retratado por Colita con un ejemplar de Cien años de soledad


Cuando uno tenía dieciséis años descubrió la lectura con una serie de libros del Círculo de Lectores que recopilaban cuentos de escritores sudamericanos, del llamado boom: Borges, Onetti, Uslar Pietri, Donoso, García Márquez... Su volumen se titulaba Todos los cuentos (1947-1972) y recuerdo, cómo no, el deslumbramiento de los relatos del escritor colombiano. Ya en el primer año de la Facultad, llegaron otros cuentos, Cien años de soledad, ¡la bomba!, y  El otoño del patriarca. Creo que puedo decir del primero que nunca una lectura obligatoria fue tan placentera.

Muchos años después, un 29 de enero de 2009, nació este blog, que surgió en principio –aunque posteriormente enveredó por otros derroteros– para intentar mostar a unos alumnos de instituto que la literatura era mucho más que vampiros y adolescentes best-sellerianos, que había otros mundos. Y el primer texto publicado fue éste:


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y un los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas tienen vida propia –pregonaba el gítano con áspero acento–, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aún más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso, no sirve.»




Hoy, al día siguiente de la desaparición de Gabriel García Márquez, quiero recordarlo con un fragmento de uno de los relatos que impresionó al Transcriptor adolescente, La increible y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, el último de aquel libro.

En ese instante la abuela empezó a hablar dormida.
–Van a hacer veinte años que llovió la última vez –dijo–. Fue una tormenta tan terrible que la lluvia vino revuelta con agua de mar, y la casa amaneció llena de pescados y caracoles, y tu abuelo Amadís, que en paz descanse, vio una mantarrasa luminosa navegando por el aire.
Ulises se volvió a esconder detrás de la cama. Eréndira hizo una sonrisa divertida.
– Tate sosiego –le dijo–. Siempre se vuelve como loca cuando está dormida, pero no la despierta ni un temblor de tierra. Ulises se asomó de nuevo. Eréndira lo contempló con una sonrisa traviesa y hasta un poco cariñosa, y quitó de la estera la sábana usada.
– Ven –le dijo–, ayúdame a cambiar la sábana.
Entonces Ulises salió de detrás de la cama y cogió la sábana por un extremo. Como era una sábana mucho más grande que la estera se necesitaban varios tiempos para doblarla. Al final de cada doblez Ulises estaba más cerca deEréndira.
– Estaba loco por verte –dijo de pronto–. Todo el mundo dice que eres muy bella, y es verdad.
– Pero me voy a morir –dijo Eréndira.
– Mi mamá dice que los que se mueren en el desierto no van al cielo sino al mar –dijo Ulises.
Eréndira puso aparte la sábana sucia y cubrió la estera con otra limpia y aplanchada.
– No conozco el mar –dijo.
– Es como el desierto, pero con agua –dijo Ulises.
– Entonces no se puede caminar.
– Mi papá conoció un hombre que sí podía –dijo Ulises– pero hace mucho tiempo.
Eréndira estaba encantada pero quería dormir.
–Si vienes mañana bien temprano te pones en el primer puesto –dijo.
– Me voy con mi papá por la madrugada –dijo Ulises.
–¿Y no vuelven a pasar por aquí?
– Quién sabe cuándo –dijo Ulises–. Ahora pasamos por casualidad porque nos perdimos en el camino de la frontera.
Eréndira estaba encantada pero quería dormir. –Si vienes mañana bien temprano te pones en el primer puesto –dijo.
– Me voy con mi papá por la madrugada –dijo Ulises. –¿Y no vuelven a pasar por aquí?
– Quién sabe cuándo –dijo Ulises–. Ahora pasamos por casualidad porque nos perdimos en el camino de la frontera.
Eréndira miró pensativa a la abuela dormida. –Bueno –decidió–, dame la plata. Ulises se la dio. Eréndira se acostó en la cama, pero él se quedó trémulo en su sitio: en el instante decisivo su determinación había flaqueado. Eréndira le cogió de la mano para que se diera prisa, y sólo entonces advirtió su tribulación. Ella conocía ese miedo.
– ¿Es la primera vez? –le preguntó.
Ulises no contestó, pero hizo una sonrisa desolada. Eréndira se volvió distinta.
– Respira despacio –le dijo–. Así es siempre al principio, y después ni te das
cuenta.
Lo acostó a su lado, y mientras le quitaba la ropa lo fue apaciguando con recursos maternos.
– ¿Cómo es que te llamas?
– Ulises.
– Es nombre de gringo –dijo Eréndira.
– No, de navegante.
Eréndira le descubrió el pecho, le dio besitos huérfanos, lo olfateó.
– Pareces todo de oro –dijo– pero hueles a flores.
–Debe ser a naranjas –dijo Ulises.
Ya más tranquilo, hizo una sonrisa de complicidad. –Andamos con muchos pájaros para despistar –agregó–, pero lo que llevamos a la frontera es un contrabando de naranjas.
– Las naranjas no son contrabando –dijo Eréndira.
–Estas sí –dijo Ulises–. Cada una cuesta cincuenta mil pesos.
Eréndira se rió por primera vez en mucho tiempo.
–Lo que más me gusta de ti – dijo– es la seriedad con que inventas los disparates.
Se había vuelto espontánea y locuaz, como si la inocencia de Ulises le hubiera cambiado no sólo el humor, sino también la índole. La abuela, a tan escasa distancia de la fatalidad, siguió hablando dormida.



Muere Gabriel García Márquez: genio de la literatura universal, de Winston Manrique Sabogal, en El País.