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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

sábado, 28 de marzo de 2015

500 años de Santa Teresa




Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como santa Teresa de Jesús o simplemente Teresa de Ávila (Gotarrendura, o Ávila, 28 de marzo de 1515 – Alba de Tormes, 4 de octubre de 1582), fue una religiosa, fundadora de las carmelitas descalzas, rama de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (o carmelitas), mística y escritora española. Doctora de la Iglesia católica. Junto con san Juan de la Cruz, se considera a santa Teresa de Jesús la cumbre de la mística experimental cristiana, y una de las grandes maestras de la vida espiritual en la historia de la Iglesia.



"El libro de la Vida es el primero que escribe santa Teresa de Jesús, el más espontáneo y fresco, fiel reflejo de su personalidad y su experiencia humana y sobrenatural.

Lo escribe inicialmente en 1562 en una edición ya perdida. Pero vuelve a escribirlo de nuevo, basándose en el texto inicial, en 1565."

(SantaTeresadejesus.com)


Capítulo 1

1. El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me habría bastado, si yo no fuera tan ruin, como favor del Señor para ser buena. Mi padre era aficionado a leer buenos libros, y los tenía en romance para que los leyesen sus hijos. Por el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y hacernos devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme a la edad −me parece− de seis o siete años.

Me ayudaba el ver que mis padres no tenían favor sino para la virtud; tenían muchas. Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos, y también con los criados; era tanta, que jamás se pudo lograr que tuviese esclavos, porque les tenía gran piedad. Estando una vez en casa una esclava de su hermano, la regalaba como a sus hijos; decía que, si no era libre, la pena se le hacía insufrible. Era hombre de gran verdad. Nadie le vio jamás jurar ni murmurar. Era muy honesto, en gran manera.

2. Mi madre también tenía muchas virtudes, y pasó la vida con grandes enfermedades. Tenía grandísima honestidad; siendo de tanta hermosura, jamás se entendió que hiciera caso de ella. Al morir de treinta y tres años, ya su traje era como de persona de mucha edad. Era muy apacible y de harto entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo que vivió. Murió muy cristianamente.

3. Éramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos se pare¬cieron a sus padres −por la bondad de Dios− en ser virtuosos, menos yo, aunque era la más querida de mi padre. Antes que yo comenzase a ofender a Dios, parece que mi padre tenía alguna razón; me da pena cuando me acuerdo de las buenas inclinacio¬nes que el Señor me había dado, y cuán mal supe aprovecharlas.

4. Mis hermanos me ayudaban en todas las cosas a servir a Dios. Tenía uno casi de mi edad; nos juntábamos ambos a leer vidas de santos. Era el que yo más quería, aunque a todos tenía amor y ellos a mí. Como veía los martirios que las santas sufrían por Dios, me parecía que compraban muy barato el poder ir a gozar de Dios, y deseaba yo mucho morir así; no tanto por el amor que creyese tenerle, sino por gozar luego de los grandes bienes que leía que había en el cielo. Me juntaba con este hermano mío para buscar qué medios habría para esto; nos proponíamos ir a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios que allá nos descabezasen. Me parece que el Señor nos daba ánimo, en tan tierna edad, para encontrar algún medio; sólo que el tener padres nos parecía la mayor dificultad. Nos espantaba mucho, en lo que leíamos, que pena y gloria eran para siempre. Nos acontecía estar largos ratos hablando de esto, y nos gustaba decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre! El Señor ha permitido que por haber pronunciado esto mucho rato, me haya quedado imprimido, en la niñez, el camino de la verdad.

5. Cuando vi que era imposible ir adonde me matasen por Dios, decidimos ser ermitaños, y en una huerta que había en casa intentábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas piedrecillas que luego se nos caían. Y no hallábamos remedio en nada para nuestro deseo; ahora me aflige ver cómo me daba Dios tan temprano lo que yo perdí por mi culpa.

6. Hacía limosna como podía, y podía poco. Buscaba soledad para rezar mis devociones, que eran muchas, en especial el Rosario, del que mi madre era muy devota y nos enseñaba a serlo. Me gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios, y pensar que éramos monjas; me parece que yo deseaba serlo, aunque no lo deseaba tanto como las cosas que dije antes.

7. Me acuerdo que cuando murió mi madre, quedé yo de doce años de edad, más o menos. Cuando comencé a entender lo que había perdido, afligida me fui ante una imagen de nuestra Señora y le supliqué fuera mi madre, con muchas lágrimas. Me parece que esto, aunque se hizo con sencillez, me ha valido; porque en verdad he encontrado a esta Virgen soberana en cuanto me encomendado a ella, y me ha acogido consigo. Me agobia ahora ver y pensar en qué estuvo el no haberme entregado entera en los buenos deseos con que comencé.


Comienzo del Libro de la vida


"Santa Teresa, entre pasión y razón", Clara Janés (El País)