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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

viernes, 24 de abril de 2015

Varujan Vosganian - El libro de los susurros



En recuerdo del genocidio armenio, del que se cumplen 100 años en 2015, tenemos hoy este fragmento inicial de la novela El libro de los susurros, de Varujan Vosganian.



Yo soy, sobre todo, lo que no he podido realizar.
La más auténtica de las vidas que llevo, como un puñado de serpientes anudadas por un extremo, es la vida no vivida. Soy un hombre que ha vivido lo indecible en este mundo. Y que precisamente por eso no ha vivido.

Mis padres están vivos. Significa que yo todavía no he nacido del todo. Ellos todavía pulen poquito a poco mis hombros angulosos. Todavía vierten alma en mi pecho, que cambia su perfil, al igual que las ánforas de los antiguos griegos tomaban la forma del vino que se espesaba en su interior. Todavía retocan mi rostro cobrizo.
Como todavía no he nacido del todo, la muerte aún está lejos. Soy tan joven que podría amarla, como a una mujer hermosa.
Mi primer maestro fue un ángel viejo. Quien nos hubiese contemplado de lejos, al fondo del patio, habría visto a un niño sentado al pie de un gigantesco nogal. En realidad, yo me sentaba a los pies de aquel ángel viejo que era mi maestro. Su sombra olía a yodo y mis dedos, al escribir, se manchaban con sus sombras, como sangre cuajada. Todavía no sabía de quién era la herida, si mía o suya.
De él aprendí que el nombre no tiene ninguna utilidad. Ni siquiera el mío; había de escribirlo sin mayúsculas, como el nombre de un árbol o un animal. Entre nosotros nos comunicábamos sin palabras y eso estaba bien, era como correr descalzo por la yerba. No quedan huellas, por eso andar por la yerba no es pecado. Tiraba las sandalias y corría por el campo que bordeaba la ciudad. Su sombra se cernía sobre la mía y éramos felices.
Cierto día, el ángel viejo desapareció. Miré perplejo el nogal, su grueso tronco y las jugosas hojas. En las ramas se habían posado los pájaros. En otoño, el viento las había sacudido y las nueces habían caído al suelo. Les partí la cáscara y me las comí. Eran sabrosas. Comí de su cuerpo. Desde entonces ya no he vuelto a buscar al ángel viejo. Quedó solamente el olor a yodo y, algunas veces, aún veo huellas de una tonalidad entre negra y verdosa en los dedos. Señal de que,por debajo, la carne todavía no está curada.

El Focşani de mi infancia era una ciudad de calles anchas y casas imponentes. A medida que yo crecía, las calles se estrechaban y las casas encogían. Realmente, así había sido siempre pero mis ojos de niño les daban, como a todo, proporciones enormes válidas sólo para mí. En los cimientos de los edificios y en las pilastras de los porches no tendrían que haber puesto vigas de madera seca, sino troncos vivos. De esta manera, las casas habrían crecido a la vez que los hombres, el mundo no menguaría y el tiempo no se acortaría.
Pocas cosas han cambiado desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy. En nuestro barrio, al este de la ciudad, las calles sin adoquinar y las aceras, tres cuartos de lo mismo, se diferenciaban de la calzada por un bordillo de piedra de un palmo de alto. Las vallas eran de madera, a veces recién pintadas. Por regla general, los listones eran desiguales y se clavaban unos sobre otros, sin pintar o encalados. Al pie de las vallas crecía manzanilla, cuyas pequeñas y perfumadas flores recogíamos en otoño. La abuela las ponía en el patio a secar, para las tisanas curativas del invierno, igual que hacía con los albaricoques partidos por la mitad en verano y, algo más tarde, con las ciruelas y lasrodajas de manzana. Las frutas secas quitaban el hambre, pues se mascaban largo rato. Y si uno tenía paciencia para masticarlas lo suficiente, acababan sabiendo a carne.
Nuestra calle era corta. Tenía únicamente diez casas y, en la esquina, se alzaban los muros de una fábrica de hielo a la que denominábamos «Frigorífico». La calle se llamaba 6 de Marzo de 1945. En la placa se había añadido una explicación: Instauración del primer gobierno democrático. Tras la revolución de 1989, cuando a los del ayuntamiento no les pareció tan democrático el gobierno de 1945, se cambió el nombre de la calle a Jilişte por motivos que desconozco. Por aquel entonces envié una carta a casa. Llegó varios meses después. El correo la expidió primero, pues le pareció más cómodo, a la misma provincia deVrancea, pero al pueblo de Jilişte. La sangre corre más lenta que el tiempo. Por eso es tan difícil sacudirse de encima las costumbres. Más inspirada resultó otra denominación, a unas pocas manzanas de allí: calle Revoluţiei. Después de 1989 ese nombre permaneció inalterable.Cada cual pensó en la revolución que había sido de su agrado.
Cuando llovía, en nuestra calle confluían arroyuelos que desaguaban unos en otros. Aprendí la palabra que denominaba aquellos cauces donde, cuando el calor apretaba, la tierra se volvía fina como el polvo. Los cauces se llamaban «cunetas». Las cáscaras de nuez eran las naves que surcaban los arroyuelosrápidos de la cuneta. En ellas apelotonábamos cieno caliente como un amasijo y le clavábamos plumas de pavo a modo de mástiles



Varujan Vosganian (nacido en 1958) procede de una familia de origen armenio emigrada a Rumania desde el antiguo Imperio Otomano tras el genocidio de 1915 emprendido contra los armenios. Personalidad compleja, Varujan Vosganian es escritor, político, economista, matemático, profesor universitario y… pianista. Es el líder de la comunidad armenia de Rumania y primer vicepresidente de la Unión de Escritores de Rumania. Entre 2006 y 2008 fue ministro de Economía y Finanzas y, en los últimos veinte años, después de la caída del régimen comunista, ha sido miembro del Parlamento de Rumania, primero como diputado y en la actualidad como senador.

Datos de la Editorial Pre-Textos, 1ª ed., del libro en nuestro país, 2010.


Varujan Vosganian en la Wikipedia.