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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

jueves, 22 de octubre de 2015

Alex Katz -El gorro verde (1985)



Alex Katz (Brooklyn, New York, 1927), pintor y escultor figurativo, es considerado uno de los precursores del arte pop. De familia hebrea, askenazi, su padre perdió la fábrica que poseía en Rusia, a manos de los soviets y emigró a los EEUU. Ingresó en 1946 en la Cooper Union School of Art and Architecture. Su obra se caracteriza por sus composiciones planas, es conocido por sus siluetas o 'cut-outs', retratos pintados sobre madera recortada, que lleva realizando desde los años 60.

Su obra forma parte de las más importantes colecciones artísticas de ambas orillas del Atlántico, entre ellas las del MoMA, el Whitney Museum, el Metropolitan Museum, el Centre Georges Pompidou, la Tate Gallery o el Museo Reina Sofía.


"Alex Katz: Contra la marea", de Alex Vicente (El País, 26 -4-2014).


De este artículo:


A Alex Katz nadie le encargó jamás un retrato

Francisco Calvo Serraller

De entrada, hay algo fascinante en el artista estadounidense Alex Katz (Nueva York, 1927): la dificultad que tienen los críticos para calificar y clasificar su obra. En efecto, unos lo consideran como perteneciente al pop art por practicar la figuración y husmear en la vida cotidiana, pero otros piensan que encaja mejor en el nuevo realismode los años 1960-1970, por su tendencia a individualizar paisajes, ambientes y personas. Esta perplejidad crítica ante Katz me recuerda la que hubo frente a su compatriota Edward Hopper (1882-1967), también cogido como en ascuas al no saber distinguir en él tampoco lo que tenía de realista y de abstracto. ¡Qué más da! A la postre, es estupendo hallar artistas hoy que no cuadran con las etiquetas al uso, me atrevería a decir que como corresponde. Sea como sea, uno de los rasgos que caracterizan a Katz es su redundante afición por el retrato, un género muy desacreditado por el arte contemporáneo por considerarse trasnochado tras la invención de la fotografía y por haber estado tradicionalmente asociado al encargo. A Katz, que yo sepa, nadie le encargó jamás un retrato, como lo corrobora el hecho de que la mayor parte de los retratos que ha ejecutado en su ya dilatada vida fueran lo que hizo de su mujer, la bella Ada del Moro, a la que empezó a retratar desde 1957 en adelante, lo que, ya en 1981, le llevó a Lawrence Alloway a calificarla como “la musa constante” del pintor.

Al margen de las locuras del día, aprovechando la ocasión, podemos cavilar un poco sobre lo que ha sido y es el retrato, un género artístico atrapado desde sus remotísimos orígenes en la dialéctica entre el ser y el parecer; esto es: entre lo real y lo ideal, o, en fin, si se quiere, entre cómo somos y cómo nos gustaría que los demás nos vieran. Esta indeclinable dicotomía existencial se dramatiza aún más cuando se trata de una representación artística, porque fija de una vez por todas y, como quien dice, para siempre nuestra imagen. El retrato tradicional impuso un modelo heráldico, el llamado retrato de aparato, en el que lo importante era destacar las insignias que revestían de poder al modelo más que sus distintivos rasgos individuales; o sea: que se retrataba al rey, príncipe, aristócrata, magistrado o prelado, recalcando con sumo cuidado el correspondiente boato, a la vez que corrigiendo con descaro sus defectos físicos invalidantes. Un prototipo ideal más que un simple individuo. Frente a ello, el mundo moderno apostó cada vez más por primar el parecido físico del retratado, entre otras cosas, porque el emergente burgués no tenía más rasgo relevante que el de precisamente su individualidad, que se acredita por vencer con el propio mérito cualquier contingencia adversa. En este sentido, hoy esta función representativa está casi monopolizada por la fotografía digital, que no solo nos documenta gráficamente todos y cada uno de los momentos de nuestra vida cotidiana, sino que además nos permite retocarla casi a nuestro arbitrio. ¿Por qué entonces molestarse hoy por pintar o hacerse pintar un retrato? En realidad, salvo la nunca obsoleta corriente de figuración realista que recorre todo el siglo XX y la actualidad con una u otra motivación y desigual fortuna, además de otros raros, solo se estila hacer retratos al modo de Andy Warhol; es decir, el de representar a famosos como tales, como iconos, una curiosa forma de volver sobre lo heráldico, aunque ahora gestionado a través de la publicidad.

A partir del somero panorama descrito, cabe preguntarse qué papel desempeña el raro Alex Katz haciendo retratos. Su estilo pictórico, que es lineal, esquemático, aplanado y de campos cromáticos uniformes, nos recuerda a la figuración pop, así como la forma de encuadrar sus retratos en ambientaciones cotidianas, pero Katz no solo no hace iconos, incluso cuando sus modelos son escritores o artistas eventualmente reconocidos, sino que —y esto es lo más relevante— los representa de una forma siempre individualizada. Cuando, por ejemplo, pinta reiteradamente a su mujer Ada, nunca lo ha hecho de manera serial, sino sucesiva, de modo que, siendo cada vez ella misma, la vemos siempre diferente. Pintando como él lo hace, esta pretensión individualizadora es todo un desafío, porque, a partir de este estilo esquematizado, parece un imposible determinar las enrevesadas especificaciones físicas y psicológicas del modelo, y no digamos ya cargar con empatía emocional el sumario ambiente que le rodea. En una palabra: desde mi punto de vista el gran mérito de Katz como retratista es haber sabido captar la singularidad única de sus modelos en cada uno de los momentos, a su vez, únicos en los que han sido efigiados por él, haciéndolo encima con la más extraordinaria parquedad de medios pictóricos, ya que, por así decirlo, extrae de ellos su trasfondo más profundo y complejo mediante la técnica más simplificada. Por último, tampoco es desdeñable las instalaciones que ha llevado a cabo Katz al juntar troceados retratos, que recorta como si se tratasen de esculturas, para luego aleatoriamente conjuntarlos de manera grupal, tal cual si fuesen piezas de un ajedrez existencial de asistentes a una party.

El término retratar proviene etimológicamente del latino retrahere, que significa, entre otras cosas, “sacar de nuevo”, “revivir” o “replicar”. En la tradición del clasicismo artístico, se diferenciaba el genérico retratar, que comportaba una representación lo más exacta posible de cualquier cosa, del imitar, que suponía una visión selectiva —idealizada— de lo real. Katz, sin embargo, conjuga estas dos maneras antitéticas, de manera que nos proporciona toda la rica urdimbre de lo simbólico con los medios formales más extremadamente sencillos y directos, lo cual es una hazaña técnica y mental. Los innumerables retratos de su esposa realizados por Katz me recuerdan el título de esa célebre novela de Nabokov, Ada o el ardor, pero para remarcar, en el caso del pintor neoyorquino, con cuánto helado control cabe representar, cada vez de manera distinta, a la misma mujer amada. ¡Qué escalofrío!


Su mujer, musa constante, Ada (MoMA Blog)