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el sabroso oficio / del dulce mirar Góngora – ¡Qué difícil es entender la belleza! Günter Eich

lunes, 23 de julio de 2018

Carmen Martín Gaite - El cuarto de atrás



1. El hombre descalzo

...Y, sin embargo, yo juraría que la postura era la misma, creo que siempre he dormido así, con el brazo derecho debajo de la almohada y el cuerpo levemente apoyado contra ese flanco, las piernas buscando la juntura por donde se remete la sábana. También si cierro los ojos —y acabo cerrándolos como último y rutinario recurso—, me visita una antigua aparición inalterable: un desfile de estrellas con cara de payaso que ascienden a tumbos de globo escapado y se ríen con mueca fija, en zigzag, una detrás de otra, como volutas de humo que se hace progresivamente más espeso; son tantas que dentro de poco no cabrán y tendrán que bajar a buscar desahogo en el cauce de mi sangre, y entonces serán pétalos que se lleva el río; por ahora suben aglomeradamente; veo el rostro minúsculo dibujado en el centro de cada una de ellas como un hueso de guinda rodeado de lentejuelas. Pero lo que jamás cambia es la melodía que armoniza el ascenso, melodía que no suena pero marca el son, un silencio especial que, de serlo tan densamente, cuenta más que si se oyera; eso era entonces también lo más típico, reconocía aquel silencio raro como el preludio de algo que iba a pasar, respiraba despacio, me sentía las vísceras latiendo, los oídos zumbando y la sangre encerrada; de un momento a otro —¿por dónde?—, aquella muchedumbre ascendente caería a engrosar el invisible caudal interior como una droga intravenosa, capaz de alterar todas las visiones. Y estaba alerta, a la expectativa de la prodigiosa mudanza, tan fulminante que ninguna noche lograba atrapar el instante de su irrupción furtiva, acechándolo inmóvil, con anhelo y temor, igual que ahora.

Pero miento, igual no, era otro el matiz de la expectativa. He dicho «anhelo y temor» por decir algo, tanteando a ciegas, y cuando se dispara así, nunca se da en el blanco; las palabras son para la luz, de noche se fugan, aunque el ardor de la persecución sea más febril y compulsivo a oscuras, pero también, por eso, más baldío. Pretender al mismo tiempo entender y soñar: ahí está la condena de mis noches. Yo, entonces, no quería entender nada; veía el enjambre de estrellas subiendo, sentía el zumbido del silencio, y el tacto de la sábana, me abrazaba a la almohada y me quedaba quieta, pero ¡qué iba a ser igual, esperaba la transformación sumida en una impaciencia placentera, como antes de entrar en el circo, cuando mis padres estaban sacando las entradas y me decían: «no te pierdas que hay mucho barullo», y yo quieta allí, entre el barullo, mirando fascinada los carteles donde se anunciaba lo que dentro de poco iba a ver; algo de temor sí, porque podían mirarme los leones o caerse el trapecista de lo más alto, pero también avidez y audacia y sobre todo, un sacarle gusto a aquella espera, vivirla a sabiendas de que lo mejor está siempre en esperar, desde pequeña he creído eso, hasta hace poco. Daría lo que fuera por revivir aquella sensación, mi alma al diablo, sólo volviéndola a probar, siquiera unos minutos, podría entender las diferencias con esta desazón desde la que ahora intento convocarla, vana convocatoria, las palabras bailan y se me alejan, es como empeñarse en leer sin gafas la letra menuda.

Carmen Martín Gaite


El cuarto de atrás (1978). Con esta novela, Martín Gaite se convirtió en la primera escritora el recibir el Premio Nacional de Literatura, el culal volvería a recibir en 1994 por el conjunto de su obra.

(Wikipedia)




domingo, 22 de julio de 2018

Una foto de Brassaï









Claudio Rodríguez - La mañana del búho




Cómo cantaba mayo en la noche de enero...


LA MAÑANA DEL BÚHO

Hay algunas mañanas
que lo mejor es no salir al aire.
La semilla desnuda, aquí, en el centro
de la pupila en plena
rotación,
entre tanta blancura repentina,
entre la intimidad de esta ola sin ventanas,
cerca de la pared del sueño, entre altamar
y la baja marea,
¿hacia dónde me lleva?
¡Si lo que veo es lo invisible, es pura
iluminación;
es el origen del presentimiento!
Junto a este otoño de madera y de ecos
de olvido y de abedul,
con la rapacidad del ala lenta
ladeando y girando
a medio vuelo avaro de la noche,
y del pico sin cera, sin leche y sin aceite,
y del plumaje en humo, la espuma que suaviza
la saliva, la sal y el escremento
del nido… Hay un sonido
de altura, moldeado
en figuras, en vaho
de eucalipto. No veo, no poseo.
¡Y esa alondra, ese pámpano
tan inocentes en la viña! Nunca…
Cuánto misterio y cuánta cobardía.
Y la.. captura de la liebre, el nácar
de amanecida, y la melodía
en pleamar naranja de la contemplación.

¿Y todo es invisible? iSi está claro
este momento traspasado del alba!
este momento que no veré nunca.
Esta mañana que no verá nadie.
Esta mañana que me va acercando
al capitel y al nido.
Cómo cantaba mayo en la noche de enero.
Entre el relieve y el cincel, la lima
y el buril hay mano de obra
y secreto fecundo en el escorzo
de la oración y de la redención, en la temperatura de la piedra,
en el granito, el cuarzo,
en el latido en llama
con una ciencia de erosión pulida,
de quietud de ola en vilo, de aventura,
entre refugio y soledad,
ya con destino, lejos
de un pueblo envilecido. Ahí las escenas
de historia, teología, fauna, mitos
y la ley de la piedra, poro a poro,
su cicatriz en cada veta ocre
en cristalina orientación sin lluvia
hacia el viento del este.
No hay espacio ni tiempo; el sacramento
de la materia

¿Y qué voy a saber si a lo mejor mañana
es nuevo día?
Cuánta presencia que es renacimiento,
y el resplandor de la renuncia, el ancla
del piadoso naufragio,
y la ilusión de libertad, el vuelo…
Adivinanza, casi pensamiento
junto al hondo rocía
del polvo de la luz, del misterio que alumbra
este aire seguro,
esta salud de la madera nueva
y llega germinando
hasta el polen sin prisa, bien tallado
en la jara quemada.
Es la gracia, es la gracia, la visión,
el color del oráculo del sueño,
la corrosión, el hueco
de la inocencia, de lo que se graba
en el centro del alma, el equilibrio
de tanta pesadilla,
la nerviación de la hoja de laurel,
la locura de la contemplación
y cuántas veces maldición, niñez
entrando en cada vena con sorpresa.
¡El manantial temprano y el lucero
de la mañana!
Si, placer, lujuria, ruin amparo
de la desilusión, el roce
de mis alas pesadas, tan acariciadoras,
muy entreabiertas, cuando
ya no hay huída ni aún conocimiento
antes de que ahora llegue
el arrebol interminable. iDía
que nunca será mío y que ahora entra
hasta en la flor de la carcoma, hasta
en la rama débil tras la poda seca
de mi aventura hacia la oscuridad!
¿viviré el movimiento, las imágenes
nunca en reposo, como estas olas sin nido;
ya sin mañana y sin ocaso siempre?
¿y si la primavera es verdadera?


Casi una leyenda (1991)


Claudio Rodríguez (Zamora, 30 de enero de 1934 - Madrid, 22 de julio de 1999)