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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

sábado, 25 de marzo de 2017

Kinski y Schneider en el rodaje de 'Lo importante es amar'

© Jean Gaumy, 1974, Klaus Kinski y Romy Schneider en el rodaje de L'important c'est d'aimer


“This was photo was taken on the set of L'important c'est d'aimer by Andrei Zulawski in 1974. It was my first film set. I had only one year of professional photography behind me, and I was just finishing university.

With Kinski, there was also Romy Schneider, Jacques Dutronc, Fabio Testi, and more. All these prestigious figures made me feel quite intimidated as a beginner, but I was so fascinated, watching in silence what was unfolding in front of me.

I discovered amazing intricacies that existed between the mood of the film and the inner psychology of the actors during the shooting. I ended up unable to completely differentiate between what was emotionally happening in the fictional film, and what was happening with the real life actors.

Andrei Zulawski has always excelled in handling this kind of situation. The film crew and producers had given me almost full ‘carte blanche,’ so I was left alone with the actors. Kinski fascinated me most — his sudden moods swings, from very calm to incredibly violent. He was struggling with his demons and playing with the struggle. With me, he was attentive and kind.

It was while the crew was setting up the lights that Kinski began to improvise this moment, began to play. It weighed on me, the mood he inhabited a few moments after this frame was made. After the take ended, he got up and walked away slowly towards the bedroom window. He cried. We both stayed silent.”

Jean Gaumy




(Tout est affaire de decor....)



viernes, 24 de marzo de 2017

Una foto de Miroslav Tichý








Hatfield and the North - Didn't Matter Anyway








It didn't matter anyway
We'll meet again some other day
Till then keep well
You'll be in my dreams
Goodnight, goodbye, bye for now...

The time has come to leave you
Please don't feel alone
For now that we've met
There'll be a way to reach you and say "Never mind..."

It didn't matter anyway
We'll meet again some other day
Till then keep well
You'll be in my dreams
Goodnight, goodbye, bye for now...




Manuel Rivas - Las olas vagabundas




LAS OLAS VAGABUNDAS

En la cartografía de los territorios salvajes hay un lugar marino donde se podría situar el centro exacto del abandono. Allí donde hay días que se sobrepasa la fuerza de lo medible en la escala de la fuerza de los vientos de Beaufort.

Xosé Iglesias, nacido en 1974, en Cee (Costa da Morte), capitán de pesca, estuvo cuatro años allí, en el peñón de Rockall, en primera línea de riesgo. Los antiguos navegantes fenicios transmitían una regla útil e irónica para enfrentarse a una tempestad: “Reza si quieres, pero no sueltes nunca el timón”. Iglesias, en la tempestad, no soltaba el timón y ejercía a la vez el derecho a soñar. Tener su propio barco. “Uno es como el barco que sueña”, me dice. “Si tienes cicatrices, las tendrá el barco, y según pienses, así pensará el barco”. El sueño de Xosé no era un gran buque. No era un moderno Titanic. Según el santo Brandán, el alma tiene forma de barca. Y otro legendario navegante, el capitán Joshua Slocum, dio la vuelta al mundo en una balandra, el Spray, que tenía, más o menos, la eslora del Primero Villar, el barco de pesca artesanal que compró Xosé Iglesias con los ahorros del larguísimo combate en Rockall. Un alma de nueve metros.

Cuatro años en el extremo Gran Sol, en el límite de lo inaccesible, en el Rockall. El sitio más duro, donde casi nadie se aventura. De los pioneros gallegos en ese frente sin tregua se decía: “Barcos de madera, hombres de hierro”. En febrero del año 2000, un buque oceanográfico inglés registró en el peñón de Rockall las mayores olas jamás medidas por instrumentos científicos en la mar. Olas gigantes a las que también llaman las vagabundas. Xosé Iglesias estaba allí, en el Grampian Avenger, aquel febrero, cuando pareció que se habían dado cita todas las olas vagabundas para tocar el cielo con la cresta. Una de ellas alcanzó los 29 metros de alto. El equivalente a un edificio de 10 pisos. Lo supo tiempo después, cuando los oceanógrafos publicaron el informe. En la médula del esqueleto le quedó para siempre la memoria de la vibración causada por la vagabunda gigante. Desde la primera barca de la infancia hasta aquel buque herrumbroso crujiendo y resistiendo en el corazón de las tinieblas del oeste escocés, Xosé Iglesias llegó a una convicción: la de un barco es una de las dos mejores construcciones humanas.

¿Y la otra? La otra es la poesía. “En la pila de mi bautismo había agua de mar”. Dicho por Xosé, no es una metáfora. De su bautismo de mar, en la chalana del abuelo, Francisco Miguéns, lo que recuerda justamente es una asombrosa imagen poética: la ardora, la ría de Fisterra incendiada de fósforo de algas en la noche, y los delfines saltando ante ellos como luminosos acróbatas marinos.

Lo primero que debería haber dicho de Xosé Iglesias es que existe. De su paso por Rockall quedan poemas estremecedores como BBC 198 Quilociclos: “Sin estrellas no hay coordenadas / Sin horizontes el rumbo raja / la rosa por su raíz…”.

“Yo escribo en el mar”, afirma Xosé. Y esto tampoco es una metáfora. Sale temprano, cada día, antes de amanecer. A esa hora, el único cuaderno posible es la pantalla luminosa del móvil. Todos sus poemas están escritos así, letra a letra, balanceándose. “Me apoyo en los versos para navegar”. Es de la estirpe del gallego Manuel Antonio, del catalán Salvat Papasseit o de Las sin sombrero, las mujeres ocultas y ocultadas de la generación del 27. Me recuerda al poeta conductor de autobús al que da vida el actor Adam Driver en la película Paterson (2016), de Jim Jarmusch, y donde con palabras comunes se nos regala una belleza insólita.

En la pesadilla futurista que George Orwell describía en 1984, un poder totalitario controlaba las mentes por medio de la llamada neolengua. En los tiempos de la posverdad, la neolengua ha dejado de ser una ficción. Hay altos estrados mundiales donde la mentira habla con desparpajo oficial. No es de extrañar que la verdad se esconda en lo más frágil, en lo más excéntrico. Y que volvamos a buscarla en esa lengua secreta que todavía llamamos poesía. A la manera de Xosé: “Eco de los cetáceos / Sonar del abismo / que nos mantiene a flote”.


Manuel Rivas

(El País, 26 de febrero de 2017)