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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

lunes, 9 de febrero de 2009

El gran Meaulnes (Alain-Fournier)


Del libro El gran Meaulnes, de Alain-Founier (1886-1914).


Capítulo II
DESPUÉS DE LAS CUATRO

Hasta entonces, apenas había tenido oportunidad de correr por las calles con los chicos del pueblo. Una coxalgia que padecí hasta más o menos ese año de 189…, me había convertido en un adolescente medroso y desgraciado. Todavía me veo persiguiendo a los escolares escurridizos por las callejuelas que rodeaban la casa, renqueando miserablemente de una pierna.

Por eso rara vez me dejaban salir. Y recuerdo que Millie, que tan orgullosa estaba de mí, me trajo más de una vez a casa, a fuerza de pescozones, por haberme hallado así, saltando a la pata coja con la chiquillería del pueblo.

La llegada de Augustin Meaulnes, que coincidió con mi curación, marcó el comienzo de una vida nueva.

Antes de su venida, en cuanto acababan las clases, a las cuatro, empezaba para mí una larga tarde de soledad. Mi padre transportaba las brasas de la estufa del aula a la chimenea de nuestro comedor, y, poco a poco, los últimos chicos rezagados iban abandonando la escuela, ya fría, donde fluctuaban torbellinos de humo. Había todavía algunos juegos, alguna que otra carrera por el patio. Luego llegaba la noche; los dos alumnos que habían barrido la clase recogían del cobertizo sus capuchas y sus esclavinas y se iban presurosos, con su cesto bajo el brazo, dejando el portón abierto…

Entonces, y mientras quedaba suficiente luz, yo permanecía al fondo del Ayuntamiento, encerrado en la sala de archivos llena de moscas muertas y de carteles sacudidos por el viento, y leía sentado en una vieja báscula, junto a una ventana que daba al jardín.

Al caer la noche, cuando los perros de la granja vecina empezaban a ladrar y se iluminaba el ventanuco de nuestra cocina, volvía a casa. Mi madre había empezado a preparar la cena. Subía yo entonces tres peldaños de la escalera del desván, me sentaba sin decir palabra y, con la cabeza apoyada en los fríos barrotes de la baranda, la miraba encender el fuego en la estrecha cocina donde vacilaba la llama de una vela.

Pero llegó alguien que me privó de todos estos placeres de niño apacible. Alguien sopló la vela que iluminaba para mí el dulce rostro materno inclinado sobre la cena. Alguien apagó la lámpara en torno a la cual constituíamos una familia feliz cuando, por la noche, mi padre ponía los postigos a las puertas de cristales. Y ese alguien fue Augustin Meaulnes, quien los demás alumnos no tardaron en llamar el gran Meaulnes.

Desde el mismo momento en que entró de pensionista en casa, es decir, desde los primeros días de diciembre, la escuela dejó de estar desierta por la tarde, después de las cuatro. A pesar del frío que entraba por la puerta de batientes, de los gritos de los barrenderos y de sus cubos de agua, siempre se quedaban rezagados en el aula, después de la clase, una veintena de alumnos mayores, tanto del campo como del pueblo., apiñados alrededor de Meaulnes. Y se producían entonces largas discusiones, interminables disputas, en medio de las cuales me deslizaba yo con una mezcla de turbación y placer.

Meaulnes no decía nada, pero era a él a quien iban dirigidas las largas historias de hurtos que, a cada instante, contaba uno de los más locuaces, poniéndose en medio del corro y tomando uno por uno por testigos a sus compañeros, que le manifestaban su ruidosa aprobación, historias que todos los demás seguían, boquiabiertos y riéndose en silencio.

Sentado en un pupitre y balanceando las piernas, Meaulnes escuchaba pensativo. En los momentos álgidos, también se reía, pero sin estridencias, como si reservase sus carcajadas para alguna historia mejor, que sólo él conocía. Después, al anochecer, cuando el resplandor de las ventanas de la clase ya no iluminaba al confuso tropel de jóvenes, Meaulnes se levanta de súbito y, atravesando el apretado corro, exclamaba:

—¡Venga, vámonos!

Le seguían todos, y, hasta bien entrada la noche se oían sus gritos por la parte alta del pueblo.


Ahora también los acompañaba yo algunas veces. Con Meaulnes iba a la puerta de los estables de los arrabales a la hora en que se ordeña a las vacas… Entrábamos en los talleres, y, desde la oscuridad, entre chasquido y chasquido de su telar, oíamos al tejedor que decía:

—¡Ya están aquí los estudiantes!

Por regla general, a la hora de la cena nos encontrábamos muy cerca del colegio, en casa de Desnoues, el carretero que también hacía las funciones de herrero. Su taller era una antigua posada, con grandes puertas de dos hojas que siempre estaban abiertas. Desde la calle se oía el rechinar el fuelle de la fragua, y el resplandor de las brasas permitía vislumbrar, en aquel lugar oscuro y estridente, unas veces las siluetas de campesinos que habían detenido allí sus carros para echar una parrafada, y otras a algún que otro escolar como nosotros, apoyado en la puerta, mirando y sin decir nada.

Y fue allí donde empezó todo, unos ocho días antes de Navidad.


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