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el sabroso oficio / del dulce mirar Góngora – ¡Qué difícil es entender la belleza! Günter Eich

sábado, 21 de noviembre de 2009

Como una lágrima (Gustavo Martín Garzo) + Claudio


Fotografía de Juan Ramón R.

COMO UNA LÁGRIMA

Conocí a Claudio Rodríguez en uno de sus viajes a Valladolid, a comienzos de los años ochenta. Jorge Guillén aún vivía y él vino a participar en un homenaje que le estaba dedicando la Universidad. Dio su conferencia en el solemne Paraninfo, y recuerdo que fue la conferencia más breve que he escuchado nunca, pues apenas habían pasado veinte minutos cuando, levantando las manos en un gesto de disculpa, Claudio Rodríguez nos dijo que eso era todo. Sin embargo, no he podido olvidar esa conferencia. Es extraño, porque sólo habló de una jarra de agua, la jarra que el bedel había puesto a su lado para que bebiera. Así explicó la poesía de Jorge Guillén. El logro de su poesía, nos dijo, era darnos a ver el mundo y celebrar la presencia de las cosas, y puedo asegurar que jamás el agua de una jarra fue más real que cuando él la sostuvo en alto mientras hablaba.

Luego un grupo de amigos y amigas le acompañamos a lo largo de la noche. Nos contó infinidad de anécdotas, sobre todo de Blas de Otero, que era un poeta al que quería fraternalmente. Recuerdo una de ellas. Blas de Otero y él coincidieron en un bar con un camarero aficionado a la poesía. Desconocía quiénes eran, y empezó a hablarles de su secreta afición. Muy pronto, los tres se turnaban en el recitado de los poetas clásicos, San Juan, Lope de Vega, Garcilaso, Quevedo... Pero, de pronto, el camarero interrumpió el flujo de los versos para decirles que en su opinión el único poeta actual que se les podía comparar era Blas de Otero. Y se puso a recitarles varios de sus poemas, que se conocía de memoria. Claudio Rodríguez, entusiasmado, iba a decirle que su admirado poeta estaba enfrente de él, pero Blas de Otero se lo impidió. Aún más, pagó la cuenta a toda prisa y le arrastró sin darle tiempo a protestar fuera del bar. "No he conocido a un poeta más vergonzoso que él", concluyó con una sonrisa triste.

Nos contó otra historia de un famoso jugador de pelota, ya mayor, que participaba en el que iba a ser su último partido contra la estrella ascendente del momento. Nadie dudaba que fuera a perder, y así fue, aunque lograra hacer algo que valía más que el partido ganado. Su rival le envió una pelota fatídica y, cuando todos la daban por perdida, el viejo jugador no sólo logró devolvérsela, sino hacerlo de una forma única, pues la pelota pareció desvanecerse al tocar el suelo sin dar opción a ser recuperada por nadie. Y Claudio Rodríguez añadió: "Como si fuera una lágrima". Ésa fue su expresión. Y recuerdo que, al repetirla, nosotros veíamos a su conjuro el vuelo de la pelota y cómo al caer se confundía con una lágrima que contenía a la vez el dolor de la despedida y el gozo del inexplicable acierto. Fue lo que Claudio Rodríguez buscó siempre al escribir sus poemas. Esas palabras que de pronto se ensimisman y ofrecen su sentido porque se van a lo más hondo. Eso era la poesía para él: una lágrima que naciendo del dolor es también el lugar misterioso del encuentro con el mundo y la vida. El vuelo de una celebración.

Gustavo Martín Garzo

Babelia, 21-11-09


Nota. El vuelo de la celebración (1976) fue el penúltimo libro de poemas publicado por Claudio Rodríguez, y en ese libro figura "Lágrima":


LÁGRIMA

Cuando el sollozo llega hasta esta lágrima,
lágrima nueva que eres vida y caes,
estás cayendo y nunca caes del todo,
pero me asciendes hasta mi dolor,
tú, que eres tan pequeña
y amiga, y silenciosa,
de armoniosa amargura.
Con tu sabor preciso me modelas,
con tu sal que me llega hasta la boca
que ya no dice nada porque todo lo has dicho.

Lo has dicho tú, agua abierta.
Y este certero engaño
de la mirada,
transfigurada por tu transparencia
me da confianza y arrepentimiento.
Estás en mí, con tu agua
que poco a poco hace feraz el llanto.



1 comentario:

elena clásica dijo...

Emocionante poema y lágrimas. La anécdota del camarero que amaba la poesía y la timidez de Blas de Otero, maravillosa.
Besazos.