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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

domingo, 31 de mayo de 2009

David Hockney


Retrato de un artista (Piscina con dos figuras)

Cursiva
Fotomontaje

David Hockney (1937) es un pintor, dibujante, impresor y fotógrafo inglés, que vive en Los Ángeles (Estados Unidos). Es un importante contribuyente del Pop Art inglés de los años 1960 y se le considera uno de los artistas más influyentes del s. XX.

Enlace en inglés sobre Hockney.


sábado, 30 de mayo de 2009

Eadweard Muybridge


Eadweard Muybridge (Seudonimo de Edward James Muggeridge) fue un fotógrafo e investigador nacido en Kingston-on-Thames (Gran Bretaña) el 9 de abril de 1830. Cambió su nombre, cuando emigró a los Estados Unidos en 1851. Murió el 8 de mayo de 1904. Sus experimentos sobre la cronofotografía sirvieron de base para el posterior descubrimiento del cinematógrafo.









viernes, 29 de mayo de 2009

Laura Kok


Driving in my car, de ByLaauraa (Laura Kok), 15 años, holandesa



Free Birds, de ByLaauraa

"Esto lo estoy tocando mañana" (Julio Cortázar)

El modelo del Johnny Carter cortazariano: 
el genio del saxo alto Charlie Parker


Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacía señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo:

«Esto lo estoy tocando mañana», y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguiendo unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: «Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana», y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (...)


"El perseguidor", del libro de Julio Cortázar Las armas secretas, 1959.


The Official Site of Charlie Parker



jueves, 28 de mayo de 2009

La rana de Bashô


Matsuo Bashō (1644-1694), era el seudónimo de Matsuo Munefusa, poeta japonés considerado como uno de los haijin más importantes del shogunato Tokugawa, y recordado hoy en día por haber llevado el haiku a una expresión poética.

Uno de los haikus más populares de Basho es el de la rana que salta a un estanque. Por curiosidad, vamos a leer varias traducciones o versiones para que podamos comparar. ¿Con cuál nos quedamos? Tras la versión original y su transcripción en romaji, empezamos con la traducción de Octavio Paz y Hayashiya Eikichi:

古池や (Furu ike ya)
かわず飛び込む (kawazu tobikomu)
水の音 (mizu no oto)


Un viejo estanque:
salta una rana ¡zas!
chapaleteo.


En la version de Fernando Rodríguez-Izquierdo:

Un viejo estanque,
al zambullirse una rana
ruido de agua.

En la versión de Alberto Silva:

La vieja charca
Zambullón de una rana
Ruido del agua


No podemos olvidarnos de la versión esperpéntica que hizo Valle Inclán:

El espejo de la fontana,
al zabullirse de la rana,
¡hace chas!


Y para cerrar con un poco de humor, un haiku del monje zen Ryôkan (1758-1831) traducido por Alberto Silva:

En otro estanque
no hay sonido ni salto
(tal vez ni hay rana)



miércoles, 27 de mayo de 2009

Bartleby, el escribiente (Herman Melville)

Ilustración encontrada en La máquina del destello

"Preferiría no hacerlo" es la respuesta que da una y otra vez Bartleby, escribiente, a su jefe cuando éste le pide que revise con él un trabajo. ¡Cuántas veces se nos habrá pasado por la cabeza responder esta frase y no nos hemos atrevido!


Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.

En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:

-Preferiría no hacerlo.

Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta.

-Preferiría no hacerlo.

-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela -y se la alcancé.

-Preferiría no hacerlo -dijo.

Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.

Me quedé mirándolo un rato largo, mientras él seguía escribiendo y luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis asuntos eran urgentes. Resolví olvidar aquello, reservándolo para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro cuarto a Nippers y pronto examinamos el escrito.


Herman Melville


martes, 26 de mayo de 2009

Llueve (Vicente Núñez)

Plaza ochavada de Archidona (Fotografía de Paco CT - Flickr)

LLUEVE

Hoy que la lluvia vuelve
a la plaza ochavada,
me pierdo en aquel niño
que malversó sus lágrimas.

Cuando lloré, reían
las rosas. Solo, erraba
en el festín esquivo
de una alegría bárbara.

¿Durará esta hermosura
que se va con el agua
hacia otras sombras, como
el poema a su página?

Llueve, pero qué estéril
es ser por la palabra.
Mi corazón suspira
mientras la lluvia canta.

¿Y si un día el ensueño
de interrogar callara?
¿Y si un día...? Las nubes,
como los días, pasan.

Vicente Núñez


(Mío amor, Vicente Núñez, Renacimiento, Sevilla 2003. Edición, selección y prólogo de Vicente Tortajada).


Se aprecian mucho mejor los reflejos de la plaza en el suelo mojado si picamos en la excelente fotografía de Paco CT (en Flickr).



lunes, 25 de mayo de 2009

Balada para un loco (Horacio Ferrer)



Roberto Polaco Goyeneche, canta "Balada para un loco", escrita por Horacio Ferrer, a la que puso música Astor Piazzolla. Cuenta muy bien toda la historia Enric González en un artículo publicado ayer en El País. A él pertenece este fragmento:

A veces se confunde al piantao, o piantado, con el loco. Cuidado con eso. Julio Cortázar, en un pasaje de La vuelta al día en 80 mundos, subrayó la diferencia: "Para entender a un loco conviene ser psiquiatra, aunque nunca alcanza; para entender a un piantado basta con el sentido del humor".




BALADA PARA UN LOCO

(Cantado)

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor... ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao...
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión;
y a vos te vi tan triste... ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!...
el loco berretín que tengo para vos:

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad...
¡Ya vas a ver!

(Recitado)

Salgamos a volar, querida mía;
subite a mi ilusión super-sport,
y vamos a correr por las cornisas
¡con una golondrina en el motor!

De Vieytes nos aplauden: "¡Viva! ¡Viva!",
los locos que inventaron el Amor;
y un ángel y un soldado y una niña
nos dan un valsecito bailador.

Nos sale a saludar la gente linda...
Y loco, pero tuyo, ¡qué sé yo!:
provoco campanarios con la risa,
y al fin, te miro, y canto a media voz:

(Cantado)

Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!

Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir...
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

(Gritado)

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!
Loca ella y loco yo...
¡Locos! ¡Locos! ¡Locos!
¡Loca ella y loco yo!




'Ya sé que estoy piantao', artículo de Enric González en El País (24-5-09)


Astor Piazzolla



domingo, 24 de mayo de 2009

Stanley Spencer





Stanley Spencer (1891-1959) fue uno de los pintores británicos más importantes del siglo XX.

sábado, 23 de mayo de 2009

Dorothea Lange

Madre inmigrante, California, 1936







Dorothea Lange (1895-1965) fue una influyente fotoperiodista documental mejor conocida por su obra la "Gran Depresión" para la oficina de Administración de Seguridad Agraria. Las fotografías humanistas de Lange sobre las terribles consecuencias de la Gran Depresión la convirtieron en una de las periodistas más destacadas del fotoperiodismo mundial.

La fotografía de Lange que quedó como su mayor clásico fue "Madre inmigrante". La mujer en la foto es Florence Owens Thompson, pero Lange aparentemente nunca supo su nombre.

En 1960 Lange habló de su experiencia al tomar la foto:

Vi y me acerqué a la famélica y desesperada madre como atraida por un imán. No recuerdo cómo expliqué mi presencia o mi cámara a ella, pero recuerdo que ella no me hizo preguntas. No le pedí su nombre o su historia. Ella me dijo su edad, que tenía 32 años. Me dijo que habían vivido de vegetales fríos de los alrededores y pájaros que los niños mataban. Acababa de vender las llantas de su coche para comprar alimentos. Ahí estaba sentada reposando en la tienda con sus niños abrazados a ella y parecía saber que mi fotografía podría ayudarla y entonces me ayudó. Había una cierta equidad en esto.

De acuerdo al hijo de Thompson, Lange se equivocó en algunos detalles de esta historia, pero el impacto de la fotografía se basó en mostrar la fuerza y necesidad de los obreros inmigrantes.

Y una frase de Dorothea Lange sobre la influencia de la fotografía en la forma de ver la realidad: La cámara es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin la cámara.


Nota. La Gran Depresión fue una crisis económica mundial iniciada en octubre de 1929, y que se prolongó durante toda la década de 1930, siendo particularmente intensa hasta 1934.


viernes, 22 de mayo de 2009

El sabueso de los Baskerville (Arthur Conan Doyle)

Ilustración de Fire Anne (Anne Vlachová), checa

Hoy hace 150 años que nació en Edimburgo el escritor Arthur Conan Doyle (1859-1930), celebérrimo por las aventuras de su detective Sherlock Holmes. Para celebrar esta efeméride, traemos un fragmento de uno de sus clásicos, El sabueso de los Baskerville.


Al día siguiente la belleza de la mañana contribuyó a borrar de nuestras mentes la impresión lúgubre y gris que a ambos nos había dejado el primer contacto con la mansión de los Baskerville. Mientras Sir Henry y yo desayunábamos, la luz del sol entraba a raudales por las altas ventanas con parteluces, proyectando pálidas manchas de color procedentes de los escudos de armas que decoraban los cristales. El revestimiento de madera brillaba como bronce bajo los rayos dorados y costaba trabajo convencerse de que estábamos en la misma cámara que la noche anterior había llenado nuestras almas de melancolía.

-¡Sospecho que los culpables somos nosotros y no la casa! -exclamó el baronet-. Llevábamos encima el cansan¬del viaje y el frío del páramo, de manera que miramos este sitio con malos ojos. Ahora que hemos descansado y nos encontramos bien, nos parece alegre una vez más.

-Pero no fue todo un problema de imaginación -respondí yo-. ¿Acaso no oyó usted durante la noche a al¬guien, una mujer en mi opinión, que sollozaba?

-Es curioso, porque, cuando estaba medio dormido, me pareció oír algo así. Esperé un buen rato, pero el ruido no se repitió, de manera que llegué a la conclusión de que lo había soñado.

-Yo lo oí con toda claridad y estoy seguro de que se trataba de los sollozos de una mujer.

-Debemos informarnos inmediatamente.

Sir Henry tocó la campanilla y preguntó a Barrymore si podía explicarnos lo sucedido. Me pareció que aumentaba un punto la palidez del mayordomo mientras escuchaba la pregunta de su señor.

-No hay más que dos mujeres en la casa, Sir Henry -respondió-. Una es la fregona, que duerme en la otra ala. La segunda es mi mujer, y puedo asegurarle personalmente que ese sonido no procedía de ella.

Y sin embargo mentía, porque después del desayuno me crucé por casualidad con la señora Barrymore, cuando el sol le iluminaba de lleno el rostro, en el largo corredor al que daban los dormitorios. La esposa del mayordomo era una mujer grande, de aspecto impasible, facciones muy marcadas y un gesto de boca severo y decidido. Pero sus ojos enrojecidos, que me miraron desde detrás de unos párpados hinchados, la denunciaban. Era ella, sin duda, quien lloraba por la noche y, aunque su marido tenía que saberlo, había optado por correr el riesgo de verse descubierto al afirmar que no era así. ¿Por qué lo había hecho? Y ¿por qué lloraba su mujer tan amargamente? En torno a aquel hombre de tez pálida, bien parecido y de barba negra, se estaba creando ya una atmósfera de misterio y melancolía. Barrymore había encontrado el cuerpo sin vida de Sir Charles y únicamente contábamos con su palabra para todo lo referente a las circunstancias relacionadas con la muerte del anciano. ¿Existía la posibilidad de que, después de todo, fuera Barrymore a quien habíamos visto en el cabriolé de Regent Street? Podía muy bien tratarse de la misma barba. El cochero había descrito a un hombre algo más bajo, pero no era impensable que se hubiera equivocado. ¿Cómo podía yo aclarar aquel extremo de una vez por todas? Mi primera gestión consistiría en visitar al administrador de correos de Grimpen y averiguar si a Barrymore se le había entregado el telegrama de prueba en propia mano. Fuera cual fuese la respuesta, al menos tendría ya algo de que informar a Sherlock Holmes.

Sir Henry necesitaba examinar un gran número de documentos después del desayuno, de manera que era aquél el momento propicio para mi excursión, que resultó ser un agradable paseo de seis kilómetros siguiendo el borde del páramo y que me llevó finalmente a una aldehuela gris en la que dos edificios de mayor tamaño, que resultaron ser la posada y la casa del doctor Mortimer, destacaban considerablemente sobre el resto. El administrador de correos, que era también el tendero del pueblo, se acordaba perfectamente del telegrama.

-Así es, caballero -dijo-; hice que se entregara al señor Barrymore, tal como se indicaba.

-¿Quién lo entregó?

-Mi hijo, aquí presente. James, entregaste el telegrama al señor Barrymore en la mansión la semana pasada, ¿no es cierto?

-Sí, padre; lo entregué yo. -¿En propia mano?

-Bueno, el señor Barrymore se hallaba en el desván en aquel momento, así que no pudo ser en propia mano, pero se lo di a su esposa, que prometió entregarlo inmediatamente.

-¿Viste al señor Barrymore?

-No, señor; ya le he dicho que estaba en el desván.

-Si no lo viste, ¿cómo sabes que estaba en el desván?

-Sin duda su mujer sabía dónde estaba -dijo, de malos modos, el administrador de correos-. ¿Es que no recibió el telegrama? Si ha habido algún error, que presente la queja el señor Barrymore en persona.


Contar historias (Mario Vargas Llosa)


CONTAR HISTORIAS

Inventar y contar historias es tan antiguo como hablar, un quehacer que debió nacer y crecer con el lenguaje, cuando de los gruñidos, los murmullos, la gesticulación y las muecas, nuestros antepasados, esos seres primitivos, ya no simios pero todavía no humanos, comenzaron a intercambiar palabras y a entenderse de acuerdo con un código elemental que con los años se iría sutilizando hasta grandes extremos de complejidad.

¿Qué se contaban esos bípedos, allá, en el fondo de los siglos, en esas noches llenas de espanto y asombro, alrededor de las fogatas, bajo el resplandor de las estrellas? Lo que les ocurría a unos y otros en la desesperada lucha por la supervivencia que era la vida cotidiana: la sorpresa que deparaban a veces las trampas en las que, de pronto, en vez del ciervo o el mono, caían el tigre o el león, o la aparición en su camino de otros seres que, pese a no hablar del mismo modo, ni tatuarse con los mismos colores ni figuras, ni cazar con las mismas armas, parecían también humanos. Se contaban lo que les ocurría, pero esa vida hecha de palabras no era la misma vida que pretendían reproducir las historias: era una vida alterada por el lenguaje, la exageración y la vanidad de los contadores, por el vuelo de su imaginación y por las trampas de la memoria. Pero se contaban, también, y acaso sobre todo, lo que no les ocurría, o, mejor dicho, lo que sólo les ocurría en el impalpable y secreto mundo de los deseos, de los instintos, apetitos y sueños: los goces y los excesos codiciados, las aventuras imposibles, las apariciones temidas, los milagros.

¿Por qué lo hacían? Porque inventar y contar historias era la mejor manera de enriquecer la miserable vida que tenían, de dar alguna respuesta a los millones de preguntas que los angustiaban, y porque dejarse hechizar por una historia era una magia que los distraía y sacaba provisionalmente del pavor, la incertidumbre y los infinitos peligros en que consistía su existencia.

Esas historias aumentaban sus vidas, encendían las tinieblas de su ignorancia con imágenes en las que proyectaban sus fantasmas y encarnaban sus sueños. La realidad era confusa, llena de irrealidad, y semejante confusión se reflejaba en la vida inventada de los cuentos donde las aventuras y los prodigios revoloteaban como las chispas de la fogata que devoraba a los insectos, ahuyentaba a las fieras y daba calor al contador y a sus oyentes. Los animales hablaban como los hombres y las mujeres y éstos volaban como pájaros o mudaban de naturaleza igual a los gusanos que se volvían mariposas. El mundo y el trasmundo no tenían fronteras y, a diferencia de lo que ocurría en sus vidas reales, el tiempo en las historias no corría, se paraba, retrocedía, o giraba mordiéndose la cola como un crótalo. Todos los cuentos eran, entonces, cuentos de hadas porque la vida era todavía puro pálpito, fantasía y sinrazón.

Los cuentos, las historias, fueron anteriores a las religiones y también sus rudimentos, las semillas que la imaginación, el miedo y el sueño de la inmortalidad desarrollarían luego en mitos, teologías, sistemas filosóficos y arquitecturas intelectuales fabulosas. Contar historias fue un ligamento de la comunidad, un quehacer que hermanaba a los miembros de la tribu, porque las historias se inventan para ser contadas a los demás, unos “otros” que, atrapados por el hechizo de las narraciones compartidas, se convierten en nosotros. Las historias sacaban al primitivo de su soledad y lo volvían un participante, alguien que se integraba a un cuerpo colectivo bajo el efecto imantador de la ficción para compartir unos ancestros, unos dioses, una tradición y reconocer su propia historia.

Así, junto a la vida verdadera, la del sudor, el hambre, la rutina, la enfermedad, otra vida surgió, hecha de palabras y fantasía. Se escuchaba alrededor de las fogatas y permanecía en la memoria, como un vino del que se podía beber de tanto en tanto para revivir aquella embriaguez que sacaba al ser humano del mundo real y lo transportaba a otro, de espejismos y aventuras sin fin, un mundo donde todos los anhelos podían ser realizados y en el que hombres y mujeres vivían muchas vidas y vencían a la muerte. Las historias en las que los antiguos se sumergían les deparaban una libertad que desconocían en la sordidez y la rutina embrutecedoras de su existencia real y les daban la ilusión de la inmortalidad. Esa “otra” vida de las historias era, para la elemental supervivencia de los tiempos prehistóricos, la única digna, la única merecedora de llamarse así, porque la que colmaba sus días y noches era apenas un simulacro de vida, una forma lenta de muerte.

De este modo, junto a la vida real, la otra vida, la fabulada, fue surgiendo, paralela, impalpable, oral, emancipada de la cronología y sin los condicionamientos y servidumbres de la vida verdadera, una vida de prodigios en la que el ser humano podía volar y los pájaros hablar y los ancianos volverse niños y los audaces viajar en el tiempo o penetrar en las entrañas del árbol, de la piedra y recibir las confidencias del fuego y las estrellas. Inventar y contar historias era vivir más y mejor, era una manera de conjurar la infelicidad y, aunque fuera por breves paréntesis, tener las prerrogativas y atributos, no de un miserable mortal, sino de un dios. Sin saberlo ni quererlo, los seres humanos habían descubierto un paliativo contra el infortunio, pero, también, un arma peligrosísima. En efecto, la ficción, modestamente aparecida para combatir el tedio del hombre feral y sus miedos ancestrales, se convertiría en un fermento de su curiosidad, en un imparable estimulante de su imaginación, en un combustible de sus afectos y deseos, y en el motor de su insatisfacción.

Entregándose a la tarea de inventar historias cada vez con más audacia, el ser humano iría enriqueciendo y sutilizando sus apetitos y sentimientos y descubriendo los alcances de la libertad, territorio extensible en el que, multiplicando las ilusiones de la vida soñada de las historias y los cuentos, sería capaz de mayores proezas, de aventuras que irían profundizando sus conocimientos y su dominio de la naturaleza. La ficción permitió a hombres y mujeres ensanchar infinitamente esos límites de la condición humana que, a diferencia de lo que ocurría en las historias fabuladas, en la vida real eran siempre inflexibles.

Los cuentos daban a los oyentes cierta seguridad en la peligrosa anarquía en la que vivían. Los instalaban dentro de un orden, que, no por ser maravilloso, era menos real, puesto que era creído. La realidad se organizaba gracias a la ficción de una manera inteligible que modelaba la vida y explicaba la muerte; así, el hombre y la mujer se sentían protegidos, rodeados de un sistema que conjuraba sus miedos y ofrecía premios a sus sacrificios y desagravios a sus penas en el más allá.

¿Hacía la ficción a los hombres y mujeres más felices? Los hacía más inquietos, menos resignados a su suerte, más libres y temerarios. Pero no es seguro que los hiciera más felices, salvo en los intervalos de irrealidad en que, arrullados por la voz de los contadores de historias, vivían la ficción como una experiencia vital. Luego, al romperse el hechizo y volver del sueño a la lucidez, qué tristeza, qué frustración, qué nostalgia caería sobre esos embelesados oyentes al comprobar lo mediocre que es la vida vivida en comparación con la inventada.

Con la aparición de la escritura, el arte de contar historias experimentó una mudanza radical. Dejó de ser, desde su nacimiento, creación colectiva, ceremonia compartida por una colectividad, y se tornó quehacer individual y actividad privada. Las historias llegaron desde entonces a su público a través de un intermediario no pasivo sino activísimo: la escritura. Esos signos cifrados, discreta pero inevitablemente, infligían a lo narrado un derrotero distinto al que le imprimía el ser contado, unos signos que el escritor tenía que emplear valiéndose de toda clase de artilugios para simular, en el silencio de la lectura, la voz —las entonaciones, los silencios, los énfasis— y también los ademanes y gestos del narrador.

Antes de la escritura, los cuentos contaminaban todas las manifestaciones de la vida. A tal extremo que, en aquel pasado anterior a la historia —vale decir, anterior a la escritura—, las más refinadas técnicas y disciplinas no consiguen establecer una demarcación precisa entre la historia vivida y la vida fabulada que ha llegado hasta nosotros a través de la tradición oral y las grandes epopeyas, mitologías y teodiceas fundadoras de civilizaciones y culturas. En ellas, vida y sueño, historia y ficción, realidad y fábula se confunden, como en la mente de un niño esas fantasías que él toma siempre por verdaderas. La lectura imprimió a la ficción una orientación más intelectual. Hasta entonces, las historias oídas sacudían primero la emoción y el sentimiento, el instinto y la sensibilidad y sólo secundariamente la inteligencia y la razón. Pero la escritura, con su exigencia al lector de reconvertir el signo en imágenes e ideas, promovió a un primer plano la racionalidad en la comprensión de las historias. De este modo, nació el “realismo”, un mandato de verosimilitud, según el cual el texto narrativo debía ajustarse a los cánones de la realidad. Sin embargo, como los cánones de la realidad dependen del conocimiento, y también de las supersticiones, los hechizos, las magias y las infinitas supercherías que disimulan la ignorancia, pese a sus pretensiones realistas la literatura narrativa siguió reflejando a lo largo de su evolución un mundo en el que se mezclaban de manera irresistible la historia y la fábula, la experiencia y la invención, la lucidez y las fantasmagorías.

En la soledad de la lectura, las ficciones revolucionaron el amor, sublimándolo unas veces y otras impregnándolo de rituales y de sensualidad. La vida inventada de la literatura fue decisiva para la desanimalización del amor físico que, poco a poco, gracias a las imágenes y fantasía de la literatura, se volvió ceremonia, teatro, aventura y creación, al mismo tiempo que fiesta y placer de los sentidos. El erotismo o humanización del amor físico no hubiera nacido nunca sin la ayuda de la ficción.

Con el avance irresistible del conocimiento en todos los dominios, y su inevitable corolario, la especialización, el saber se iría convirtiendo en un archipiélago cuando no en una jungla en la que a cada investigador, científico o técnico, le correspondería acotar un pequeño espacio, del que sería amo y señor. Pero la visión de conjunto desaparecería bajo esa diseminación de saberes particulares. Sólo la ficción mantendría incólume hasta nuestros días, en ese universo de conocimientos fragmentados y parciales, una visión totalizadora de esa vida en la que, como en la definición del hombre de Bataille, “se funden los contrarios”.


Mario Vargas Llosa (Prólogo al primer volumen de sus obras completas)

La religión según un Nobel de Física

Ilustración de Daniel Marsula

"La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión."

Steven Weinberg, norteamericano. Premio Nobel de Física en 1979



jueves, 21 de mayo de 2009

La isla del tesoro (Robert L. Stevenson)


Me ha sido imposible rehusar las repetidas instancias que el caballero Trelawney, el doctor Livesey y otros muchos señores me han hecho para que escribiese la historia circunstanciada y completa de la ISLA DEL TESORO. Pongo, pues, manos a la obra, relatándolo todo, desde el alfa hasta la omega, sin dejarme cosa alguna en el tintero, exceptuando la determinación geográfica de la isla, y esto sólo porque estoy convencido de que en ella existe aún un escondido tesoro. Tomo la pluma en el año de gracia de 17...y retrocedo hasta la época en que mi padre era propietario de la posada del "Almirante Benbow" y hasta el día en que por vez primera, vino a alojarse en ella aquel viejo marino de tez curtida por los elementos, con su grande y visible cicatriz.

Aún lo recuerdo. Llegó a la puerta de la posada estudiando su aspecto, seguido de su maleta, que alguien conducía tras el en una carretilla de mano. Era un hombre alto, fuerte, de pronunciado color moreno avellana. Su trenza o coleta alquitranada caíale sobre las hombreras de su poco limpia blusamarina. Sus manos callosas y llenas de marcas, enseñaban las extremidades de unas uñas quebradas y negruzcas; llevaba en una mejilla aquella cicatriz de sable, sucia y de color blancuzco y repugnante. Paréceme verlo aún paseando su mirada investigadora en torno del cobertizo, silbando mientras examinaba, y prorrumpiendo en seguida en aquella antigua canción marina que tan a menudo le oí cantar después:
Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,
Son quince,¡oh, oh, oh!, son quince; ¡viva el ron!
con voz temblorosa y grave, que parecía haberse formado y roto en las barras del cabrestante. Cuando pareció satisfecho de su examen, llamó a la puerta con un pequeño bastón, especie de espeque que llevaba en la mano, y cuando acudió mi padre le pidió, bruscamente, un vaso de ron. Lo saboreó, lenta y pausadamente, como un experto catador, paladeándolo con deleite y sin cesar de recorrer alternativamente con la mirada, ora las rocas, ora la enseña de la posada.

-Esta es una caleta de buen fondo -dijo, en su jergana-, y al mismo tiempo, una taberna muy bien situada. ¿Mucha clientela, patrón?

-Al contrario -le respondió mi padre-, bastante poca.

-Bien -dijo él-, entonces esto es lo que yo necesito. ¡Hola, tú, grumete! -gritó al hombre que hacía rodar la carretilla enlute venía su gran cofre de a bordo-, trae esa maleta y súbela. Y pienso fondear aquí un poco.

-Y, luego, prosiguió: -Yo, soy un hombre llano; todo lo que yo necesito es ron, huevos y tocino y aquella altura que se ve allí, que domina la bahía. ¿Quieren ustedes saber cómo deben llamarme? Llámenme capitán. ¡Oh, sé lo que están esperando!

Mientras decía esto, arrojó tres o cuatro monedas de oro en el umbral, y añadió, con tono altivo y con una mirada tan orgulloso como la de un verdadero capitán:

- ¡Avísenme cuando se acabe!


Robert Louis Stevenson 
(1850-1894)


miércoles, 20 de mayo de 2009

Dos poemas de Ósip Mandelshtam



EL SONIDO SORDO Y CAUTELOSO DEL FRUTO...

El sonido sordo y cauteloso del fruto
Que cae del árbol,
En medio de una incesante melodía
Del profundo silencio del bosque...

1908

(Versión de Jorge Bustamante García)




¿DONDE VOY A METERME EN ESTE INVIERNO?

¿Dónde voy a meterme en este invierno?
Abierta la ciudad, me agarra extraña.
¿Ebrio estaré de ese candado eterno?
Quiero mugir a tanta puerta huraña.

La media estrecha de calleja aullante,
su noche de alacena engarrotada,
y el chasco de escurrirse ese atorrante
por el mismo rincón donde no hay nada.

Y al foso, a la tiniebla de verrugas
me resbalo, hacia el pozo ya de hielo,
y a tumbos como al viento sus arrugas
y huyen grajos y fiebre en sólo un vuelo.

Y tras ellos me tiro dando un grito
de qué gélida caja de madera.
"¡Un médico, un lector yo necesito!
¡Una conversación en la escalera!"


(Versión de Eliseo Diego)



Más poemas de Mandelhstam en A media voz.


En la Wikipedia leemos: Ósip Emílievich Mandelshtam (Varsovia, Imperio Ruso, 1891 - Vladivostok, Unión Soviética, 1938) fue un poeta ruso de origen judío-polaco, miembro de la corriente acmeísta.

Se inició como poeta militando en el movimiento acmeísta –derivación del simbolismo ruso, y reacción contra él–, pero evolucionó con el tiempo hacia posiciones muy personales, síntesis del simbolismo, el futurismo y el acmeísmo. Un poema contra Stalin le valió en 1934 un destierro a los Urales, donde intentó suicidarse, y tras varios años en Voronezh, en los que pudo continuar su producción en condiciones precarias, regresó para ser nuevamente arrestado en 1938 y condenado a cinco años de trabajos forzados. Murió en un campo de trabajo cercano a Vladivostok. Fue rehabilitado a título póstumo en 1956 por el caso de 1938, y en 1987 por el caso de 1934.

La poesía de Mandelshtam, considerado ya uno de los mayores poetas rusos del siglo, fue milagrosamente conservada por Nadiezhda, su mujer, autora de dos libros: Contra toda esperanza y Libro segundo, en los que cuenta las trágicas experiencias que vivió con el poeta durante los años del terror. Mandelshtam fue también un gran prosista. Coloquio sobre Dante, prueba de su conocimiento de la Divina Comedia, la cual citaba de memoria cuando aún no había descendido él mismo al infierno de Stalin.



¿Benedetti? ¿Gamoneda? Los dos



¿Mario Benedetti o Antonio Gamoneda? Pues, mire usted, depende del momento; unas veces, el primero y otras, el segundo. ¿Por qué quedarme con uno solo pudiendo tener a los dos?

CURRICULUM

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.

Mario Benedetti




Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta cansar mi corazón.

Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas entre sombras, pero ¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado.

Antonio Gamoneda


martes, 19 de mayo de 2009

Fábulas (Italo Svevo)

Fotografía de Mago Fotografo / Luca (Italia)

El asno y el loro

En un molino, aparte del asno que hacía girar la rueda, también había un loro que sabía decir pobrecito, el nombre del amo y muchas otras cosas más. Un día, los dos cayeron enfermos y llamaron al médico.
−¡Es por mí! −dijo el loro−. Me cuidan porque poseo un hermoso plumaje.
−¡Pero por supuesto que no! −respondió el asno−. Llamaron al médico por mí, porque yo soy el que mueve la rueda.
−¡Pero yo sé decir pobrecito!.
−Pero yo muevo la rueda.
−Pero yo saludo al amo cuando pasa.
−Pero yo muevo la rueda.
El médico curó al asno y dejó morir al loro.
El mundo está hecho así, y es de maravillarse que el grisáceo de la piel del asno no cubra por completo la Tierra y que no hayan desaparecido del todo las hermosas plumas multicolores.


La culpa es de los otros

Un malhechor, que a causa de su malvada naturaleza había llegado al punto de asesinar a un indefenso, tuvo conciencia de la gravedad de la culpa; se arrepintió y se encaminó hacia la iglesia para orar.
Fue distraído de su ferviente plegaria por un predicador que desde el pulpito arengaba: «Alborócense de que existan los débiles y los pobres porque siendo caritativos con ellos, ustedes podrán alcanzar el reino de los cielos».
−«¡Oh! ¡Mentiroso!», pensó el pecador. «Los pobres y los débiles significan nuestra desventura. Si mi víctima no hubiese sido débil, defendiéndose pudo haberme impedido que la asesinara, que yo perdiera la paz del alma mía».


La hormiga moribunda

Una hormiga se muere y mientras va muriendo piensa: «El mundo se muere».


El don

El Señor había terminado la obra de la creación. Les dijo a los animales que los dejaba en libertad de escoger el elemento en el que quisiesen vivir. Algunos escogieron la tierra, otros se precipitaron en el agua y finalmente muchos se lanzaron al aire. «Yo, que soy el rey de los animales», dijo el hombre, «debería tener la capacidad de vivir en el agua y en la tierra e inclusive ser capaz de volar».
«Esto sería una injusticia», dijo el Señor, «y no podré complacerte. Pero abasteceré a tu organismo con un apetito tal que tú terminarás por encontrar los medios para correr, nadar y volar».


La luciérnaga y el vertebrado

A una luciérnaga, que descansaba bajo la sombra de una montaña, le faltaba el aliento a causa del calor del sol; mientras un vertebrado que yacía en la cima de la misma montaña moría a causa del gran calor. Ambos murieron de una muerte abyecta: envidiándose.



Italo Svevo (Trieste, 1861-Motta di Livenza, 1928) es el pseudónimo de Aron Hector Schmitz, o simplemente Ettore Schmitz, un importante escritor italiano. Entre sus novelas más importantes destacan Senectud y La conciencia de Zeno.




lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti ya no escribirá más


Por desgracia, Mario Benedetti no volverá escribir poemas como éste (cuesta elegir):

MEMORÁNDUM

Uno llegar e incorporarse el día
Dos respirar para subir la cuesta
Tres no jugarse en una sola apuesta
Cuatro escapar de la melancolía
Cinco aprender la nueva geografía
Seis no quedarse nunca sin la siesta
Siete el futuro no será una fiesta
Y ocho no amilanarse todavía
Nueve vaya a saber quién es el fuerte
Diez no dejar que la paciencia ceda
Once cuidarse de la buena suerte
Doce guardar la última moneda
Trece no tutearse con la muerte

2 poemas, y más, de Raúl Vacas


Del libro Consumir preferentemente (2006), de Raúl Vacas (Salamanca, 1971) traemos dos poemas y el "Modo de empleo" que su autor nos da al comienzo.

"En Consumir preferentemente no se hacen concesiones, no se encuentran ni romanticismos gratuitos ni sensiblerías, muy al contrario, el poeta le fija al amor la fecha de caducidad que le corresponde, el justo dolor con el que ha de enfrentarse, y lo presenta a través de un recorrido novedoso: puede usted adquirirlo al pasar por la caja rápida o en la sección de oportunidades, pero estas oportunidades las da la vida." (http://www.laislalibros.com)


SMS

q paxa waptna d ms huess!!!
mjuego 20 € e kmo apuesta
si ds mi sms a 1xiko d ess.
nvía akí ami mvl tu rspta
kdms kand kras xía xfa bss
tkm wapa dew ctt



Como la vida misma

Si el zapato se ajustara a tu pie.
si fueras tú, ratita presumida,
la que me barre el sueño cada noche.
Si no hubiera manzanas que morder,
ni cestas con papeles de jengibre
y leche uperisada, encargaría
un espejito caro para tus rizos
de oro. Te llevaría a otro país
cientos de leguas más al norte.
Nunca te besaría mientras duermes y no
te invitaría a cochinillo asado.
Si te pusieras aquel traje nuevo
solo mil y una noches de tormenta
tal vez la realidad no fuera un cuento.





Modo de empleo

El niño no es una botella que hay que llenar,
sino un fuego que es preciso encender.

MONTAIGNE

Aprender ya no es conocer, descubrir, acercarse a las cosas con una linterna llena de luciérnagas para verlas por dentro; desentrañar sus ecuaciones, sus números atómicos y su esqueleto; interpretar la vida, buscar los planos de la fantasía, desplumar las ideas, darles vida propia, avivar el fuego del que habla Montaigne.

Hoy aprender es otra cosa: es acumular chatarra en los bolsillos, dar cuerda a la palabra aburrimiento, poner un cascabel a una gran caña de pescar y esperar por si pica algo que nos interese.

Creo que la mayor parte de los alumnos, profesores y padres hemos caído en la trampa de una sociedad antropófaga; que la productividad, el estrés y la falta de tiempo, entre otros muchos males, han acabado por matar el gusanillo de la curiosidad y el gusto por los libros.

Pero no todo, por suerte, es de este modo, y aún hay niños y jóvenes, en peligro de extinción, que vuelven sorprendidos a sus casas después de alguna clase que les hace soñar con un posible cambio de estrategia.

Este es un libro para inmiscuirse en el mundo; para recuperar el tiempo y engrasar los sueños y las utopías; para trepar a un universo de andar por casa y encender la luz en un poema o para descubrir, al otro lado del ojo de la cerradura, el tráfico diario de las palabras.

Creo que la literatura y la vida son una misma cosa y que la realidad y la fantasía no tienen en sus tapas fechas de caducidad, aunque convenga consumirlas preferentemente.



domingo, 17 de mayo de 2009

John Singer Sargent

Rosina Ferrara (1878)

John Singer Sargent (1856–1925) fue el retratista con más éxito de su época, así como un pintor con talento en la representación de paisajes y acuarelas, de las que llegó a pintar unas dos mil. Fue un expatriado de Estados Unidos que pasó gran parte de su vida en Europa. Sargent nació en Italia, en Florencia, de padres americanos y estudió en Italia, en Alemania y en París.



sábado, 16 de mayo de 2009

"¡Qué perezosa la primavera este año!" (Anónimo)


Qué perezosa la primavera este año! Despacio empiezo a pisar las primeras flores. Lo que no hay, invento: olor de glicinia, mango rosa, piedrecillas redondas del Nhundiaquara... ¿El tiempo anda mordiendo fuerte o soy yo quien dilata los calendarios? ¡Bienvenido a otro año de gracia y belleza! ¡A florecer!


Que preguiçosa a primavera este ano! Devagar começo a pisar as primeiras flores. O que não há, invento: cheiro de glicina, manga rosa, pedrinhas roliças do Nhundiaquara... O tempo anda mordendo forte ou sou eu que dilato os calendários? Bem-vindo a mais um ano de graça e beleza! A florescer!


(Traducido por El transcriptor)


El río Nhundiaquara


Herbert List


Hombre y perro, Portofino, 1936


Portería de fútbol, Albania, 1937



Pecera, Santorini, 1936



Pulpo, Corfú, 1938



La plegaria eterna, Palermo, 1938

El fotógrafo alemán Herbert List (1903-1975) fue considerado como uno de los representantes de la “fotografía metafísica”, término acuñado por el historiador del arte Egon Vietta que a su vez se inspira en la obra de Giorgio de Chirico. Sus temas aparecen envueltos en un enigmático clima de ensoñación y melancolía que viene acentuado por lo insólito de los encuadres y por un sabio uso de las luces y sombras.


viernes, 15 de mayo de 2009

Y todo era posible (Ruy Belo)


Egon Schiele (1890-1918)


Un soneto del poeta portugués Ruy Belo (1933-1978):


Y TODO ERA POSIBLE

Allá en mi juventud antes de haber salido
de casa de mis padres dispuesto a viajar
ya conocía yo el estruendo del mar
de páginas y páginas que ya había leído

Llegaba el mes de mayo con todo florecido
el rodillo del alba se ponía a girar
sólo había que oír al soñador hablar
de la vida tal si ésta hubiese ocurrido

Todo pasaba lejos en otra vida
y tenían las cosas siempre una salida
¿Cuándo fue? Ni yo mismo sabría contarlo

Era mío el poder que se tiene en la infancia
no existía entre yo y las cosas distancia
y era todo posible con sólo desearlo


(Traducido por El transcriptor)



E TUDO ERA POSSÍVEL

Na minha juventude antes de ter saído
da casa de meus pais disposto a viajar
eu conhecia já o rebentar do mar
das páginas dos livros que já tinha lido

Chegava o mês de Maio era tudo florido
o rolo das manhãs punha-se a circular
e era só ouvir o sonhador falar
da vida como se ela houvesse acontecido

E tudo se passava numa outra vida
e havia para as coisas sempre uma saída
Quando foi isso? Eu próprio o não sei dizer

Só sei que tinha o poder duma criança
Entre as coisas e mim havia vizinhança
e tudo era possível era só querer





"Viole bajar y subir por el aire..." (Cervantes)

Gustavo Doré

Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza, que si la colera le dejara, tengo para mí que se riera.

Cervantes (Don Quijote, Cap. XVII de la Primera Parte)



jueves, 14 de mayo de 2009

¿Amor eterno? (Isabel Escudero)


Kanji japonés para amor


Porque nunca te tuve,
siempre te tengo.
¿Será eso
el amor eterno?

Isabel Escudero




Los nuevos hermanos siameses (Oscar Wilde)

Ilustración de Mi sonrisa sangra


LOS NUEVOS HERMANOS SIAMESES

Era una mujer que tuvo dos hijos gemelos y unidos a lo largo de todo el costado.
—No podrán vivir– dijo un doctor
—No podrán vivir– dijo el otro, quedando desahuciados los nuevos hermanos siameses.
Sin embargo, un hombre con fantasía y suficiencia, que se enteró del caso, dijo:
—Podrán vivir… Pero es menester que no se amen, sino que, por el contrario, se odien, se detesten.
Y dedicándose a la tarea de curarlos, les enseñó la envidia, el rencor, los celos, soplando al oído del uno y del otro las más calumniosas razones contra el uno y contra el otro, y así el corazón se fue repartiendo en dos corazones, y un día de un sencillo tirón los desgajó y los hizo vivir muchos años separados.

Oscar Wilde


miércoles, 13 de mayo de 2009

Violetas (Luis Cernuda)


Fotografía de Pepe Badía Marrero




VIOLETAS

Leves, mojadas, melodiosas,
su oscura luz morada insinuándose
tal perla vegetal tras verdes valvas,
son un grito de marzo, un sortilegio
de alas nacientes por el aire tibio.

Frágiles, fieles, sonríen quedamente
con muda incitación, como sonrisa
que brota desde un fresco labio humano.
Mas su forma graciosa nunca engaña:
nada prometen que después traicionen.

Al marchar victoriosas a la muerte
sostienen un momento, ellas tan frágiles,
el tiempo entre sus pétalos. Así su instante alcanza,
norma para lo efímero que es bello,
a ser vivo embeleso en la memoria.



Luis Cernuda





Casa natal de Cernuda en Sevilla