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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

lunes, 10 de abril de 2017

Agustín, Amancio y Chico - Afró, Tambú




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Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé,

señora de las rosas y del amor,
del carro de palomas, del vientre azul,
ungida de sudor de mirra,
diosa del mar de risueño llanto,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé,

que de tus pechos asnos en celo van
paciendo, tú, que abrevas del corazón
de tu granada desgajada
larga la sed de los paraísos,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé,

escúchame, señora: a mi rezo tú
la blanca oreja torna: que vuelva: haz
que vuelva a casa y a mis brazos,
Maraliló la de mansos ojos.

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé,

tú por tu mano tráela, tu mano pon
en su cintura, y tráemela sin voz,
como en un aura de canela
mástil en flor por el mar antiguo,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé.

Pero ¿por qué, señora, pero por qué
no pudo ser? ¿Por qué la dejaba huir
cuando temblaba entre estos brazos
presa y «No, no» me decía y «Deja»,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé?

Decía ella «Deja, que no»: que no
quería, que conmigo que no. Y olor
de pan manaba de su pelo.
¿Cómo se fue? ¿Para qué la oía,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé?

Pero tú, diosa, mándala aquí: que yo
no tenga que mentirle; porque ella es
hermana mía, y me decía
que era mentira el amor, y acaso,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé,

acaso es cierto, y yo no le sé decir
que sí, que amor, que cabe que haya paz
entre hembra y hombre. Y sin embargo
su corazón contra mí batía,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé:

las puntas de sus pechos mi corazón
herían, y decía «Que no», y yo
la oí, la oía. Pero, diosa,
tú engáñala para mí, tú, tráela,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé:

abrasa su dormida imaginación
de huellas mías: que arda como ardo yo;
que venga sola; que es hermana
mía y me muero de amor por ella,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé;

que dijo «No te quiero» y que sin querer
dejó en mi pecho roce de llaga en flor
y en mis rodillas; y no supe
desanudar la cintura aquella,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé.

Pero tú, diosa, hazla que venga a mí
por esa calle, a este rincón. ¿No ves
como me muero? En este banco
donde la tuve a mi par sentada,

Afró, Tambú,
Zadüíngara, Júmbara, Semelé,

besando de sus nalgas la huella voy,
y husmeo como un perro por el vial
su rastro, y ya la luna hace
sombra de mí, y me muero de ella.

Agustín García Calvo


Canciones y soliloquios. Editorial Lucina. Zamora. Segunda edición, noviembre de 1982. (Primera edición, 1976, en La Gaya Ciencia)









(Berenice, fotografía de Anahí Eleuterio - Flickr)


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