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el sabroso oficio / del dulce mirar GóngoraWie schwer es ist, die Schönheit zu begreifen! Günter Eich

sábado, 29 de julio de 2017

Manuel Vicent - La huida



Una de esas columnas de Manuel Vicent que aparecen archivadas entre las páginas de un libro...


LA HUIDA

Había carros de labranza en la playa y a la sombra de los toldos la gente comía carne con tomate, abría sandías y bebía con los ojos cerrados levantando el botijo a contraluz. Los niños lloraban o lanzaban gritos de felicidad que se fundían con la claridad del firmamento hasta hacerse de su misma naturaleza. Mujeres vestidas de negro alrededor de un paño con las viandas no cesaban de hablar excitadas a pleno sol con las pantorrillas quemadas. También se desarrollaban largos silencios. Muchos dormían. Había algunos caballos dentro de la mar con los ijares llenos de espuma y el amo les pasaba la mano por allí sin quitarse el cigarrillo de la boca. Aquellos huertanos con sombrero de paja, la camisa blanca y los pantalones arremangados refrescaban a las caballerías con cubos de agua y algunas relinchaban o piafaban entre las muchachas que tomaban el baño con enaguas sujetándose los volantes para que las olas no descubrieran sus muslos, aunque al salir del agua llevaban la tela pegada a la curva del vientre con el triángulo del pubis marcado por una sombra mojada que atraía las miradas de los adolescentes. Dormido en medio de la playa bajo un cúmulo tan alto de sol dentro del sueño oías los golpes del oleaje y el fragor de la resaca junto a los párpados traspasados por la luz de la arena, si bien toda la mar se iba hundiendo en la oscuridad del inconsciente hasta desaparecer, y al final del sueño aún permanecías dormido, pero el oleaje volvía a golpear tus cinco sentidos incluyen do los labios hinchados por la sal y el olor de las algas; dentro de ellos comenzaban a oírse de nuevo los gritos de otros niños con una resonancia neumática y al despertar por completo el sol ya se había ido y entonces sentías un escalofrío de dicha en la médula junto a la barca varada con nombre de virgen donde habías caído derrotado aquella tarde de verano. Para que esos días tan felices puedan volver bastará con que lo sueñes con el corazón limpio, dispuesto a huir de esta ciudad que te ha herido con otros placeres.

Manuel Vicent

(El País, 14-2-1993)




(Joaquín Sorolla - El baño del caballo, 1909)



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